
Rodríguez Aguilar, agente de viajes desde hace más de 30 años y viajera empedernida por
convicción y por destino. Nació en la Ciudad
de México un 17 de noviembre de 1978. “Soy
ciudadana del mundo —dice—. Vivo donde
me cae bien el clima, la gente, donde aprendo,
donde me siento libre… Pero en Palenque, late
mi corazón, por eso siempre es mi refugio de
paz para volver”
Las Hadas del Platanar por Sole Ceiba

Cuando era niña, creía que los árboles tenían voz. No como las personas, claro, sino una voz más antigua, más suave, como un susurro entre las hojas. Me gustaba sentarme entre los platanares al final del día, justo cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros y el cielo se encendía en tonos de naranja, morado y oro.
Había algo en esos árboles —tan altos, tan firmes, tan vivos— que me hacía imaginar cosas que no aparecían en los libros ni en la televisión. Decía que vivían hadas ahí, diminutas criaturas de alas verdes y doradas, tan ligeras como el vapor que salía del río en las madrugadas.
Yo les hablaba en voz baja. Les pedía que cuidaran los frutos, que los dejaran crecer dulces, sin apuro, sin miedo. A veces, me parecía verlas entre los racimos, danzando apenas visibles, como reflejos de luz o el parpadeo de una luciérnaga tímida.
Una tarde, inventé que también existían los quetzales de agua. No eran aves comunes. No volaban. Nadaban por las corrientes claras que serpenteaban entre los árboles y las piedras. Tenían plumaje de colores líquidos, como si estuvieran pintados con el mismo pincel que usaba el atardecer.
Contaba que esos quetzales guiaban a los viajeros perdidos. No hablaban, pero sabían el camino de regreso. Te seguían nadando despacito, como quien no tiene prisa, como quien confía en que el que se perdió también puede aprender a encontrar.
Mis hermanos se reían de mí. Me decían que estaba loca. Que los plátanos no hablaban, que las hadas no existían, que los pájaros no nadaban.
Yo solo me reía también.
Porque ellos no sabían escuchar como yo.
Cada atardecer, cuando todo se teñía de oro, decía que las hadas tejían hilos invisibles. Eran hilos hechos de viento, raíz y cariño. Hilos que conectaban los corazones de quienes amaban aquella tierra con el suelo mismo.
“Para que siempre regreses”, me decían las voces entre las hojas. “Para que, aunque te vayas, un día el aire te traiga de vuelta.”
Yo asentía con solemnidad, como si fuera una promesa sagrada. Me imaginaba volando lejos, como una cometa, pero siempre atada por uno de esos hilos suaves y fuertes. No tenía miedo de crecer. Sabía que no estaba sola.

Un día, como sucede en todos los cuentos, tuve que irme.
Me despedí de los árboles, de las hadas, de los quetzales de agua. Les prometí que no los olvidaría. Que volvería cuando pudiera. Que aunque creciera, no dejaría de creer.
Pasaron los años.
La vida se llenó de cosas más grandes, más urgentes, más ruidosas. La ciudad, el trabajo, las responsabilidades. Dejé de inventar historias. Dejé de hablar con los árboles. A veces, cuando llovía, me parecía escuchar una voz lejana, como el eco de algo que había sido mío y ahora se escondía en alguna parte del alma.
No sabía cómo volver.
Hasta que un día, sin planearlo, volví.
La carretera era la misma, pero más angosta. El aire olía igual, a tierra húmeda y fruta madura. Al entrar al viejo camino, vi los platanares. Altos. Eternos. Moviéndose con el viento como si me reconocieran.
Frené el coche. Me bajé. Caminé entre los árboles. No hablé. No hice ruido. Solo caminé.
Y entonces lo sentí.
Ese hormigueo en la nuca. Ese temblorcito en el pecho. Como si los hilos invisibles aún estuvieran ahí. Uno de ellos, suave pero firme, tirando de mí hasta traerme de vuelta al corazón de todo.
Me senté en el suelo, como cuando era niña. Cerré los ojos.
No vi hadas, ni quetzales de agua. Pero no importaba. Porque, de algún modo, yo seguía creyendo.
Y ese era el verdadero hechizo.
Hoy ya no sé si esas historias eran realmente mías o si me las contaron los árboles. Pero sé que cada vez que veo un platanar y el cielo pintado de fuego, regreso a ese lugar dentro de mí donde todo es posible.
Donde el amor por la tierra se convierte en hilo invisible.
Donde el viento tiene voz.
Y donde la niña que fui todavía escucha.


