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El abrazo de la enredadera

Sole Ceiba es el seudónimo de Marisol
Rodríguez Aguilar, agente de viajes desde hace más de 30 años y viajera empedernida por
convicción y por destino. Nació en la Ciudad
de México un 17 de noviembre de 1978. “Soy
ciudadana del mundo —dice—. Vivo donde
me cae bien el clima, la gente, donde aprendo,
donde me siento libre… Pero en Palenque, late
mi corazón, por eso siempre es mi refugio de
paz para volver”

El abrazo de la enredadera por Sole Ceiba

En lo profundo de la selva, donde la humedad es un aliento perpetuo y los rayos del sol apenas logran filtrarse entre las copas altas, vivía un árbol llamado Yaxché. Era un ceibo alto, antiguo y orgulloso. Su tronco era grueso, su corteza blanca como hueso y sus ramas se extendían al cielo como brazos que rezaban. Todos en la selva lo respetaban, porque era sabio, fuerte y sereno.

Un día, entre la maleza húmeda y oscura del suelo, nació una planta diferente. No era grande ni fuerte. Era delgada como un hilo, pero su verdor era intenso, casi hipnótico. Su nombre era X’tab, la enredadera.

Desde que abrió sus primeras hojas, X’tab sintió un impulso profundo: crecer, aferrarse, buscar altura. Pero más que eso, sintió una fascinación absoluta por Yaxché. Desde el suelo, veía cómo su copa se perdía entre las nubes, cómo los pájaros le cantaban y los monos descansaban en su sombra. Y la enredadera pensó: “Yo también quiero estar cerca de él. Quiero abrazarlo, sentir su fuerza. Quiero que no esté solo nunca más.”

Así que, lenta pero decididamente, comenzó a trepar por su tronco.

Al principio, Yaxché se dejó hacer. Sintió las caricias suaves de sus zarcillos, cómo se enroscaban con ternura. “Pobre criatura”, pensó, “tan frágil, buscando refugio.” Y la dejó subir, cobijándola con sus ramas. Le ofreció sombra, rocío y los secretos del viento.

La selva murmuraba, como quien advierte sin querer. El jaguar cruzaba miradas inquietas con el tucán, las orquídeas cerraban sus pétalos más temprano. Pero nadie se atrevía a interrumpir el ascenso de X’tab.

Con el tiempo, su abrazo se volvió más apretado. Lo que al principio era caricia se transformó en agarre. La enredadera crecía con desesperación, como si temiera que el árbol la abandonara. Se aferraba más y más, enroscándose en cada rama, envolviendo cada centímetro de su corteza.

—No me dejes, Yaxché —susurraba entre sus hojas—. No soportaría estar sin ti. Si me sueltas, me marchito.

Yaxché, paciente, trató de resistir. Pero con cada estación, su savia fluía más lento. Las aves comenzaron a buscar otros árboles. La sombra que antes ofrecía se volvió densa y opresiva. Sus hojas no podían respirar. X’tab se había vuelto una red apretada, una jaula verde que lo amaba con hambre.

Una mañana, la selva despertó en silencio.

Yaxché ya no respiraba. Su tronco estaba pálido, seco, sin brillo. Había muerto de pie, con la dignidad de los que aman sin entender cuándo decir basta.

X’tab lo envolvía aún, exuberante, viva, radiante. Había alcanzado el cielo, sí, pero a costa del único ser que la sostuvo.

Ese día, el viento no cantó. Los monos no jugaron. Incluso las hojas de las palmas parecían guardar luto.

La selva entera aprendió una lección silenciosa: que el amor sin libertad es prisión, que abrazar sin medida puede asfixiar, que incluso la ternura, cuando se vuelve posesión, destruye lo que más anhela.

Desde entonces, cuando los niños de la aldea preguntan por qué ciertos árboles parecen ahorcados por lianas, los abuelos susurran: —Fue X’tab, la que amó demasiado.

Porque en la selva, donde la vida brota feroz, también se aprende que el amor… a veces mata.

Y en cada árbol que resiste, y en cada planta que crece con mesura, la selva sigue enseñando.

Glifos de Escribas Mayas

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