
Roberto Baltazar Márquez1
Pedro Salmerón es un historiador un tanto rimbombante; su estilo es barroco, casi churrigueresco, y sus textos no se prestan a una lectura continuada; por ejemplo, no es fácil encajarle el diente a un libro suyo llamado 1915 México en guerra, dadas sus condiciones de redacción brumosa. No se quiere decir que es un mal escritor, solo que es un escritor difícil.
A pesar de lo anterior, no hablamos de las cualidades como escritor e historiador de Pedro Salmerón, sino de su rotunda equivocación cuando califica como «valientes» a quienes dieron muerte al empresario Garza Sada, con lo que eleva el nivel de aquellos jóvenes de la guerrilla urbana que creyeron en la violencia como forma para modificar el Estado. No dice nada de los dos trabajadores que eran guardaespaldas del empresario, que fueron muertos y también acribillados.

En una real democracia, las ideas de Salmerón tendrían que someterse a la discusión y, si el resultado fuera que cometió un exceso interpretativo, tendría que emitir sin demora una auténtica rectificación y una sincera disculpa. Si la opinión generalizada fuese la contraria, la disculpa no tendría cabida y las cosas seguirían por el mismo nivel. Este hecho elemental, con visos de civilidad, tendría que ser la norma en la vida pública y le es muy necesaria a nuestra endeble democracia. Es una aspiración colectiva elemental.
Como resulta natural, las cosas no ocurrieron así, no hubo una discusión sino un linchamiento es las redes sociales. Él tardó en emitir una disculpa y el gobierno de apresuró a despedirlo de su cargo público. Parece que los actores sociales y políticos se pusieron de acuerdo para hacerlo todo mal.
Es fácil apreciar cómo un concepto erróneo lleva a una masa informe que un día opina una cosa y al otro, hacia derroteros que marca la masa, que no parece tan anónima como se quiere hacer aparentar. Lo que le importa en esta lógica de funcionamiento no es la discusión de las ideas, opiniones o criterios, sino el simple señalamiento, condena y culpabilización, en este caso de un intelectual y que puede transformarse en cualquiera que no se adhiera a esa forma única de entender el mundo, que es la corriente en boga en las redes y en el país.

Otro intelectual, Nicolás Alvarado, publicó un artículo periodístico en medio de la crisis socio-emocional que apareció con la muerte de Juan Gabriel. Lo hizo en el tono más pedante que sea posible imaginar en un intelectual, lo que es decir mucho. Por supuesto que Alvarado tiene pleno derecho a que le disguste Juanga. Pero el tono que empleó en su iracundo artículo no hizo clic con otro conglomerado mediático quien lo tundió de mala manera, de la misma mala forma que él lo hizo con una figura como Juan Gabriel, que aunque nos gusten o no sus canciones, fue una gran y querida figura pública.
Es claro que no tuvo el tino de saber medir el alcance de sus conceptos y no tuvo la habilidad necesaria para jugar con las palabras, causa por lo que la gente no compartió su guanga broma y menos sus juicios severísimos. No entendió algo extremadamente sencillo: el intelectual se mueve en un ambiente cerrado, elitista y pequeño, que no es el de la gente que aprecia la música, letras y estilo interpretativo de Juan Gabriel; tampoco comprendió que él, Nicolás Alvarado, no es Carlos Monsiváis, a quien se le disculpa todo, quizás porque sus críticas siempre las hizo envueltas de una desmedida e hilarante ironía que Alvarado está lejos de tener, pero, además, porque un intelectual, si quiere entrar en un ambiente que no es el del rigor conceptual, debe bajarse del pedestal en que se colocan a sí mismas las cofradías que dominan los espacios culturales, para ganar simpatías entre la gente común. Alvarado no hizo nada de eso.

Mucho más rudo fue Marcelino Perelló, intelectual que se asumía de polendas al meterse en un asunto delicadísimo: la violación sexual. Entró en un debate innecesario con una carga argumental excesiva y el uso varias expresiones disonantes. Lo hizo en un programa de radio de la UNAM y emitió un juicio sobre lo que, a su particular y pobre entender, no es una violación.
Ante su flagrante equívoco, Perelló insistió y se enredó más en su postura dizque científica, que jamás supo o quiso explicar, ya sea por sí mismo o por médicos y psicólogos que acudieran en su auxilio, en el programa del que fue titular; hizo lo contrario al mostrar necedad y altanería
Más allá de las razones que pudiese tener para emitir sus juicios, llama la atención el uso desmedido del lenguaje tabernario que emplea, al creer que la libertad irrestricta de los tiempos actuales lo facultad también al uso indiscriminado de un lenguaje soez, que no por ser popular y masivo, deja de ser soez. Nadie se espanta de esa forma de expresar las ideas, los conceptos y los criterios, pero el intelectual, dada su mejor comprensión del mundo, tendría que saber cuándo emplearlo. La libertad no está reñida con la elegancia al hablar.
Lo que enfrentó el ex líder del movimiento estudiantil de 1968, fue la iracunda y unánime respuesta de distintas organizaciones feministas que prendieron una pira a su alrededor y obligaron a las autoridades de la UNAM a cancelar el programa radiofónico que mantenía como un coto de poder de las mismas cofradías que tanto daño hacen a la cultura y su difusión.
Es más o menos claro que nuestros tres intelectuales se equivocaron de pe a pa al emitir sus juicios. Externar un juicio ante el de cada uno ellos, como aquí se ha hecho, es una parte de la discusión pública tan necesaria; también lo hicieron otros muchos en el momento que cada uno cometió su pifia. Hasta ahí las cosas están dentro de la normalidad deseada. El problema está en otro lado; se localiza cuando los juicios se sustituyen con insultos y descalificaciones como les ocurrió a nuestros tres intelectuales. Tuvieron que enfrentar a una runfla anónima que se escuda en las redes para imponerse, a sabiendas que esa muchedumbre no se manda sola sino que sigue un modelo de ataque que se viene perfeccionando, en la que algunos partidos políticos son expertos consumados. Ojo, no se pretende culpar a los partidos políticos de lo sucedido a los intelectuales, lo que se busca en dejar asentado un mecanismo de actuación en el manejo de masas.
Es cierto que esta es una generalización un tanto injusta por dos motivos: hay personas que critican y se identifican al hacerlo y también están los que entran al debate con razones y argumentos. Sin embargo, la furia que se vio en el linchamiento mediático permite observar un ataque desbordado, interesado, que busca destruir a una persona y no a una opinión.

Cuando Umberto Eco se refiere al fenómeno creado por internet y sus legiones, exactamente se refiere a estas personas que hablan sin saber y para atacar, pero en su célebre artículo periodístico, Eco no hace alusión a esas mismas personas que además de ser ignorantes de todo, son usadas por otras con intereses perfectamente delimitados para destrozar a quien emite una opinión debatible o equivocada como lo hicieron Perelló, Alvarado y Salmerón. Para esa masa manipulada, que no tiene ideas propias, le resulta inadmisible que alguien que está colmado de ideas, criterios, argumentos, propuestas, emita algo que sea equivocado, que llegue a una conclusión falaz, que cometa un desliz mínimo o un juicio erróneo, para atacarlo con furia. Sin duda, es una avanzada de los ánimos fascistas que campean por el país.
Con estas líneas no existe el menor interés por defender a nuestros tres intelectuales, en este artículo hay sobrados argumentos de lo contrario; sin embargo, que alguien se equivoque no faculta a nadie para pretender exterminarlo socialmente. En la secundaria aprendimos que si alguien no está de acuerdo con otro, debe defender su derecho a emitir sus ideas.
La libertad de expresión es la que peligrosamente está en jaque no solo por el internet, sino por enormes masas que funcionan a la manera de bots, que son manipuladas por personas, grupo e intereses. Y es que en los tres casos, el resultado final fue el peor que sea posible imaginar: a los tres intelectuales los despidieron de sus empleos. Internet aparece como un Torquemada redivivo.
Peor aún resulta que sean instituciones vinculadas al conocimiento y la cultura (UNAM e INEHRM), las se hayan dejado presionar por aquellas huestes amorfas y que no se respete la libertad de expresión que no fueron ellas las que la consagraron. Ante los juicios erróneos bastaría una disculpa pública, previa defensa de sus posturas.
En medio de las confusiones a las que nos somete el internet, lo que debemos preguntarnos en dónde queda la libertad de expresión. No existe duda alguna de que Salmerón tiene derecho a emitir un calificativo, erróneo para una franja importante de la opinión pública, una apreciación suya respecto a que los secuestradores fueron valientes. Perelló tiene derecho a externar un juicio falaz respecto a que si no hay penetración, no hay violación, y Alvarado a decir que la música de Juan Gabriel es naca.
Las instituciones democráticas están obligadas a preservar a la libertad de expresión como lo que es: un derecho universal, que no está sujeto a tener razón en todas las formulaciones de ideas que se hacen. Ahí están inmersos el derecho a disentir, el derecho a equivocarse, el derecho a rectificar. Para eso es la democracia. Los juicios erróneos expresados no pueden ser usados por las instituciones culturales para emprender castigos contra sus intelectuales. Es un paso más de la intolerancia que promueven amplísimos sectores.
Malos tiempos corren para la libertad de expresión.
1Realizó estudios de posgrados en: Esp. Políticas Públicas y Equidad de Género, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Planeación y Operación del Desarrollo Municipal y Regional: Metodología y Herramientas, Instituto Nacional de Administración Pública, A.C. El Enfoque Territorial del Desarrollo Regional, ONU (FAO-FODEPAL)
