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Insoslayable la Presencia Femenina

Última actualización el 1 de abril de 2019

Oscar Wong

Signo y supremacía de la mujer, el derecho materno sostiene los orígenes de la humanidad, y parte, según Johan Jacob Bachofen (1815-1887), de dos principios: el femenino (representado por Isis) y el masculino (cuya manifestación es Osiris), así como de dos principios de maternidad: el heterismo de Afrodita, con hijos «sembrados al azar», puesto que aún no existe la monogamia y, previamente, los ritos de fecundidad desde el Paleolítico, dedicados a la Diosa Madre.

Indica la historia que la presencia femenina es capital. Hubo druidesas y juglaresas relevantes. En la Edad Media, por ejemplo, existieron reinas que modificaron el entorno, figuras femeninas que, en un momento dado, han servido de modelo.

Por desgracia, cuando se entroniza la iglesia judeocristiana, el cuerpo y la figura femenina es denostada y, por supuesto, reprimida. La misma presencia de Lilith es proscrita y llevada a la oscuridad. Por eso, la obra de Denis de Rougemont, «Amor y Occidente», cobra relevancia al reivindicar el papel de la dómina, la dueña, la señora y presentarla como la Musa y forjadora del amor. Cátaros y trovadores, en el sur de Francia, gestan el concepto del amor y de la gran tradición lírica europea, de la cual somos continuadores, puesto que vinimos de una lengua romance. Beguinas y begardos dieron la pauta para el misticismo, con un movimiento social de primer orden, generando casas de asistencia donde se enseñaban diversos oficios a las mujeres, asumiendo -además- funciones de teólogas, frente al escándalo de los religiosos varones.

Durante el virreinato, las mujeres hicieron un trabajo relevante, aunque sus revelaciones místicas debían pasar por el tamiz de su confesor quien determinaba si la experiencia era divina o demoníaca, previa revisión de sus testimonios, dictados o escritos, y de la consabida confesión. Muchos sacerdotes se apropiaron de estos materiales. En Puebla y Morelia hay expresiones de estas religiosas, aunque la más destacada es sor Juana Inés de la Cruz, por la trascendencia de su literatura. Para mi gusto, debe ser considerada como una mística o, al menos, teóloga, por su discusión conceptual en su Carta atenagórica. México tiene, como figura principal, a nuestra Rosario Castellanos y durante la época de la Independencia a la Corregidora de Domínguez y a Leona Vicario.

Para quienes abordan el ámbito sexista, invocando la necesidad de dar voz a la mujer, preciso que, según Robert Graves, el significado poético de ésta es capital, pues asume la figura de «la dios Flor Olwen o Bloudewedd, pero también Bloudewedd la Lechuza de ojos brillantes (…), o Circe, el halcón despiadado, o Lamia, con su lengua revoloteante, o la diosa Cerda que gruñe, o la Rhiannon de cabeza de yegua que se alimenta de carne cruda».
Por su misma naturaleza y condición cultural, durante mucho tiempo la voz femenina fue invisible al lector y a la crítica, generando «una de las más pavorosas soledades de la América Latina, la soledad de las invisibles, las que siempre han sido consideradas mujeres de ocio o las privilegiadas poetisas de salón», como sostiene Marjorie Agosin.

Chiapas tiene figuras femeninas importantes tanto en política, como en el ámbito empresarial, en el arte y en la cultura. Basta y sobra señalar a Olga Lidia Aquino, Astrid Pérez y Gabriela Fernández, como intérpretes del canto, Arely Madrid y la Nena Orantes en el ámbito político, a Silvia del Rocío Corzo, Susana Solís Esquina, Leticia Hernández y Martha Grajales, entre otras, en el periodismo, a Selma Calderón en los negocios, a Margarita Aguilar en la medicina, a Elva Macías y a Marirrós Bonifaz en la poesía, así como a las hermanas Socorro y Marisa Trejo en la literatura.

Mujeres destacadas, desde luego. Y sin embargo, la nota grave se erige en nuestra entidad como signo negativo, denigrante y peligroso: los feminicidios, aún sin resolver, y la violencia intrafamiliar.

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