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Colaboración literaria Eyvere

Última actualización el 1 de abril de 2019

Las palabras son interpretación y las percepciones le dan el significado al lenguaje. Las letras son una evidencia de los sentimientos del ser humano. El sentir es la mejor expresión de vida y la mejor cárcel. La melancolía es la favorita por excelencia, se le considera la contraposición de la “felicidad”, pero ambos sentimientos son hermosos por igual. Las siguientes anécdotas dieron una apertura de perspectiva respecto al sentir y la vida, fueron contadas por un joven viajero en cierto momento.

Egil, nacido en el año del 96, aventurero de corazón. Se emprendió en un viaje llamado vida. Durante su primera etapa todo era vívido, el comienzo del aprendizaje y las nociones, quizás así sea siempre el inicio, muy vívido. Recordaba el gran edificio que despedía a su lecho y lo dejaba con sus semejantes, tuvo muy buenos amigos en ese edificio con los que explotaban su imaginación al infinito.

En los inicios de la primera década descubrió al amor externo al linaje, se sentía enorme por la primera caricia y por este descubrimiento. Pasó dos años junto a su primera noción y fue su primera batalla entre la razón y el corazón, la perdió, dejando un desequilibrio en el encéfalo y un sin fin de preguntas. Así comenzó su ansia por las respuestas ante tal sentimiento y su viaje, en el cual tuvo a dos pasajeras de primera clase. Aquellas pasajeras son quienes le dieron la iluminación ante esas dudas mediante sus acciones y sus palabras. El inicio del trayecto está aquí.

Verano del 09, su vida dio un giro de 180º hacia el sur. Significó un momento lleno de oportunidades y de frustraciones (por el pasado). Desde la infancia siempre fue alguien nostálgico. A los inicios de la adolescencia, se asentó en el calor con un alrededor verde, donde este verano cobró vida.

Saber que estás vivo, como el frío, que puede despertarte del sueño más profundo; como sentir el aire helado en la cara, preferentemente en la madrugada cuando todos visitan a su corteza cerebral; y como tus deseos más profundos, que desregulan al sistema límbico y la amígdala – dijo él. Una parte de experimentar lo que es la vida en aquel verano fue ella, Liv.

Liv, hermosa como el sentir ese aire helado, reflejada en tonos pálidos con un toque cálido. Ella fue la vida del verano, desde el momento en el que la vio. Fue durante un día sofocante que se conocieron, el calor reflejado sobre el pavimento y el constante movimiento de la gente representaba otro día normal. Dos polos opuestos encontrados en la cotidianidad. Cuando conectaron miradas los ojos de Liv se veían mefistofélicos, justo como a Egil le gustaban. Quizás creía en el amor a primera vista, quizás sólo era una atracción visual, algo que sólo el tiempo decidiría. Ella no era otra pasajera, ella era la capitana.

Liv emigró a la península, se quedó ahí durante un par de años, en uno de sus lugares favoritos. Ellos dos eran los puntos opuestos del campo magnético, encontrados en un punto medio por el sentimiento. Egil ansiaba por el regreso de Liv. Se veían de vez en cuando, despidiéndose con una sonrisa al horizonte. La recordaba como aquella niña que se proclamaba como la número uno, siempre lo fue. Hasta que las despedidas cesaron, durante un 27 de enero, con unas cuantas palabras y un silencio nervioso presente. Sólo se necesitó un sí para dar inicio.

Durante el comienzo, todo parecía ser pacífico, como el origen de la vida. Vivían en un lugar pequeño, un pueblo. Egil era la sombra de Liv en diversos lugares, él disfrutaba ser esa oscura compañía, así el delirio ascendía a los astros. A donde fueran, él sólo tenía un sonido en su cabeza: “te amo”; quizás Liv tenía el mismo pensamiento.

Estuvieron sesenta y dos veces en el punto intermedio, pero así fue como Egil aprendió lo mucho que hay en tan poco. Él no pudo lidiar con la cotidianidad, se sumergió en las distracciones y reemplazos para solo quedar flotando entre el silencio y el mínimo eco. A ella se le partió el corazón en galaxias, y durante un día lo llamó para hacerle saber el dolor en las constelaciones. Él tomó la decisión, no encontraba otra manera de salir de la rutina, él la amaba, aunque el daño fuera irreversible. Cuando Liv era el diluvio, Egil era el desierto.

Setecientas treinta veces después Egil entendió el concepto “para siempre”, desde aquella foto con el overol. Para siempre quizás nunca sea suficiente para su amor, existió una voluntad perdida en el tiempo de Liv. El reencuentro dejó al pasado como un rastro con una flama. Compartieron algunos días, pero la importancia estuvo en la despedida.

¡Oh!, esa despedida, el momento en el que Egil debía de regresar a “casa” había llegado y Liv estuvo ahí para verlo por unos cuantos segundos, antes de desaparecer en el horizonte. Un amigo mutuo los llevó en su auto a la terminal, Liv y Egil iban en la parte trasera derramando lágrimas en besos apasionados, una vez más, antes de convertirse en una niebla del paisaje hacia el horizonte.

Los paisajes pueden ser duros, pero no tienen que serlo, dítelo a ti mismo: no es duro. Sólo resulta duro cuando te sientas y empiezas avaramente a quejarte. Un día y otro día serán más difíciles que aquel día, pero los veranos son tan bonitos, y los inviernos pueden ser hermosos, aunque sean largos y oscuros – pensó él. Toda la esencia del verano viva dentro de Liv, así como la esencia del invierno en Egil. Se despidieron del paisaje y vivieron las temporadas, una tras otra.

Pasaban los inviernos y se quedó un por qué en sus dudas respecto al sentir, hacia Liv. Era perseguido por esa pregunta, y la respuesta era desviada hacia otros seres. Las dudas siempre lo frustraban, el ruido era inmenso en aquellas noches de silencio. Toda la nostalgia hizo que Egil tomara las peores medidas para su pesar, el intentar reemplazar o captar una misma frecuencia; grave error. En esta línea temporal, aquella decisión fue la pisada al insecto que llevó al apocalipsis.

Se reencontraban bajo transformaciones opuestas, fue como ver crecer a un árbol torcido cuyas raíces resisten cualquier adversidad. Egil tropezó con aquellas raíces y sus ramas se separaron del tronco. Se hundió en la corteza para refugiarse, pero no podía escapar de Liv, aun así decidió intentarlo una vez más. Y en el invierno del 18 fue el encuentro de declives, así fue como él conoció a Lena.

Lena, la ilusión diluvial y el recuerdo de inviernos pasados. Egil temeroso a la arena solitaria del desierto, la emotiva prisión; en este calabozo habitaron sus deseos. Decidió obsequiarle su compañía a Lena, tenía una punzada diciéndole que lo intentara con ella. Un vago recuerdo de la preparatoria, un interés que quedó en el olvido. Hasta un día que Egil asistió a una celebración donde estaba presente aquel recuerdo, y desde ese momento se reencontraban por azar, gran casualidad. Sus cristales cafés eran un saludo y sus gestos una invitación.

La timidez no le permitía una cercanía para intercambiar palabras, siempre fue así, había una resonancia de acción que algún día se debía intentar. Le escribió unas cuantas palabras poéticas de aquí y allá para llamar su atención, lo logró, y ella confesó haber tenido un gran interés y gusto hacia él en el pasado del colegio. El inicio había tocado la puerta.

Empezó con una simple conversación escondida en la interpretación, quizás no prestó su atención por completo. Tantos mensajes ocultos en su rostro y en sus movimientos, tantas señales por descifrar. Todo sucedió en un destello, una gran explosión que vino a desestabilizar el pensar. Sólo llegan lejos al leer los rostros, estaban a las carreras y sólo permeaba el pensamiento del equilibrio. Había muchas complicaciones, estuvo probando a la paciencia, dejando una punzada sobre la sien durante toda la noche. No necesitas ver sobre tu hombro, sólo ven y podemos solucionarlo – dijo ella.

Lena representaba el amor dentro de la tristeza, el desequilibrio en el sentir. Alguien con un ruido reverberante en los pensamientos, un ser que protege a sus sentimientos. Ella era un espejo de sombras con una apertura de luz, una oportunidad de escapar del laberinto, un extremo de la sabiduría y la estupidez. Una frecuencia hermana de Egil, encontrados en el pesar. El ambiente se tornaba en el hogar, ella lo era. Una gran imagen de la ceguera amorosa.

Actriz con gran talento que, cuando entraba en sus papeles era experta en ello. Artista en el engaño, auténtica sólo hacia ella misma. Un ser débil ante su mente. La ansía de atención fue su mejor cárcel. Egil se mantenía tras bambalinas, observando mientras todos hablaban, pero pasaba por alto la mejor interpretación de Lena, que fue hacia él mismo.

En las puertas de su alma se reflejaba una gran sonrisa, el reflejo era claro como el agua, como cuando se espejean los árboles o la luna sobre la laguna, dando un espectáculo de bellezas inimaginables, pero esa sonrisa era un simple reflejo. Todas las semejanzas en el negro y las diferencias en el blanco, la apariencia saliendo a la luz, ahí la explicación del gran vínculo que se creó a partir del cero.

Pasión por el lenguaje y el existencialismo. Aprovechaban su tiempo juntos para poder compartir unas palabras, perdiendo noción del pasado y futuro, la timidez se iba desvaneciendo. Ella, desviada por su pasado y atormentada por el presente, sonreía con pesar y se refugiaba en su compañía. Egil siempre admiraba ese reflejo.

Compartieron una serie de días, en los cuales la pasión y el ansia por soledad estaban presentes. El amanecer se tornaba en calma, dejando al anochecer como un punto de encuentro para los amantes, en sus sueños se revelaban los deseos más oscuros. La fuerza, rebasando el límite de la satisfacción y el dolor. La oscuridad era un diamante, el momento perfecto para desprenderse y dejarse llevar por el arte de los amantes.

Cuando se sostenían con gran fuerza, se detenía el bombeo. La kinésica decía: “te amo”, pero sus acciones no decían lo mismo. Fue cuando la duda adquirió su gran importancia. La habitación se llenaba de vacío, Egil quería dejarlo ir. No tenía noción de su persecución, ella tenía a sus sentimientos vivos, sólo necesitó una noche para despertarlo y otra noche para despedirlo.

La decadencia de Lena se explicaba por sus ayeres, el negativo dentro de las acciones vino a cobrar. ¿Lo amaba? La duda permeaba todas las noches. ¿Su decadencia explica sus acciones? No lo sabía, le daba mucha importancia a esta pregunta, se encontraba agitado por la duda. Nadie podía oírlo, ni siquiera él mismo, si ella seguía hablando así, no importaba lo que dijera, se consumían para hacerlo creíble. Él le dio todo para ayudarla con su decadencia. ¿Con qué se quedó? Un gran silencio perdido en la duda.

Lo miró fijamente, las lágrimas estaban escondidas tras su sonrisa, quizás era felicidad. Te amo y nunca voy a dejarte, aunque tú y yo ya no estemos juntos, siempre te voy a tener – dijo ella antes de partir para siempre. Su silencio fue la expresión de tristeza, quizás hacia su persona o su camino; su observación representó amor, dejando un mensaje muy confuso.

¿Cómo pueden manipular a las puertas del alma? Su capacidad tan vívida hacía de sus escenas una realidad, sólo quedó cuestionar qué tan real. Su brillo lo amaba y su oscuridad lo mataba, el reflejo no soportaba verse e hizo al sufrimiento auténtico. Ella lo amaba con animosidad y él se rehusaba a aceptar la verdad, la idiotez de la ilusión. No sabía sus intenciones, pero si todo lo que dijo es verdad, no habrá manera de dejarla atrás – dijo él.

Ya no quedó nada, quizás sólo un pequeño rastro de ceniza. Es mejor cuando la distancia se interpone entre él y alguien más. Tal vez sí quedó algo, los recuerdos, de aquellas noches solitarias en las que él solía amar. Ellas recuerdan también. Imágenes de cuando estaban frente a frente bajo el beso de la Luna, dos mundos por aparte y corazones sangrados. Una noche bastará para invocarlo a él y recapitular cómo entrelazaron su ser y tomaron caminos diferentes. El sentimiento se rehusó a desparecer, hubiera trastocado y distorsionado a la verdad en su ser, pero en su momento nada importa.

Aprendió lo que es el amor, y sabe que ninguna es opción, prefieren al cianuro y así él se envenena hasta no sentir. Estuvo al borde del quiebre, caminando en una línea muy delgada. De nuevo, la idiotez de la ilusión. Aquel que se hace expectativas es el mismo que se decepciona, es mejor no esperar y conocer.

Todas las sombras que estuvo persiguiendo se desvanecieron en un enigma, el reflejo sólo fue una justificación cobarde de sus verdades. Aquellas sombras fueron la primavera, revelando la luz dentro de la oscuridad, como en el negativo fotográfico, toda la hermosura habitante en las tinieblas.

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