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Duelo en la parroquia

Última actualización el 12 de noviembre de 2018

Bernardo Meneses Curling

A la hora del crepúsculo, el adolescente Juan Leyva caminaba despreocupado por el parque, frente a Los Portales, cuando al pasar junto a tres hombres escuchó decir a Samuel Salim: “Allá viene José González con una pistola en la mano… Se la voy a quitar…, se la voy a quitar y nos vamos a chupar una botella”.

Como todas las tardes moribundas y las noches tempranas sin lluvia en Tapachula, ese día en el Parque Hidalgo, en Los Portales y en los comercios aledaños había bastante animación. Muchachas y muchachos caminaban alrededor del parque bajo enramadas de almendros y flanqueados por bancas de hierro forjado, sentados en las cuales otras personas jóvenes, maduras y ancianas, en parejas o en grupos, platicaban alegres y con mucha animación unos, con tranquilidad otras.

Hacia el interior, grupos de niños corrían con algarabía alrededor del bello quiosco, venido de oriente unos 50 años antes, y después robado -ha dicho la gente- por alguien del mismo gobierno, poderoso porque cobraba impuestos, y con el que luego adornó lejano rancho. También engalanaban al parque árboles y palmeras reales plantadas de manera armoniosa en todo su entorno y en el perímetro de una rotonda interior, la que envolvía a un amplio espacio circular, de unos 20 metros de diámetro, al centro del cual se levantaba el quiosco magnífico, que era como el nicho del recinto y uno de los orgullos de la ciudad. En ese espacio circular se presenciaban diversos espectáculos que se montaban en la plataforma del quiosco, elevaba unos dos metros y a la que rodeaba un precioso barandal y columnas bellamente ornamentadas que sostenían la cúpula tipo oriental del propio quiosco.

Con una angosta calle de por medio, en las mesas y sillas de alambrón trenzado y cubiertas de madera de La Cruz Blanca (Así llamada la mejor y más concurrida refresquería) situada en la esquina oriente de Los Portales, algunos niños saciaban su antojo con “barquillos” con nieves de limón o de coco, mientras sus mamás saboreaban helados de zapote o paletas de tamarindo o refrescos de pitahaya, de guanábana, todo lo cual también disfrutaban algunos hombres y otros tomaban café o una cerveza.

En La Parroquia, una cantina alojada también en Los Portales, muy concurrida y con sus puertas abiertas hacia la calle y el parque, se jugaba dominó como siempre. Allí, hasta hace menos de 30 minutos, José González, de sólo 20 años, jugaba una partida, cuando después de tirar una ficha sintió una palmada en la nuca que le dio Samuel Salim, al tiempo que le decía: “Qué mal juegas, muchacho pendejo,”.

“Y tu que sólo estás de mirón, ¿por qué te metes?”, le contestó José, con voz y expresión muy irritadas. Por toda réplica, con la actitud de perdonavidas que le era conocida, Samuel ahora le dio una cachetada. Carlos pasó en un instante de la sorpresa a la vergüenza y al coraje y del coraje a la ira, que sin embargo pudo contener para decir: “Ahorita vengo…” Se incorporó, salió de La Parroquia y abordó uno de los taxis del Sitió 1-4-9, que tenía estación junto a la banqueta de Los Portales, sobre la calle de una sola cuadra que los separaba del parque.

El taxi, un Ford modelo 1949, recién traído desde la fábrica en ferrocarril, tenía como chofer a quien apodaban El Tribilín. Fueron a la casa de José González, donde este no pudo abrir un ropero por falta de la llave que traía su aún más joven esposa, quién había ido con su suegra al Cine Figueroa, por lo que allá se dirigieron ahora.

Sin hablar más que lo indispensable, como lo había hecho desde que abordó el taxi, cuando llegaron al cine José bajó, compró un boleto en la taquilla, entró al cine, buscó a su mujer, salió con la llave, subió al carro y pidió que volvieran a su casa, donde entró y en seguida salió ya con una pistola en la cintura, y le indicó a El Tribilín que regresaran al parque.

Se bajó en la esquina poniente de Los Portales, donde entonces estaba la Casa Helio, sastrería prestigiosa y tienda de telas finas, y caminó hacia La Parroquia. Ya llevaba la pistola en la mano y así entró a la cantina. Buscó a Samuel en las mesas, donde absortos en sus partidas los jugadores de dominó no se percataron de que, como lo dijo antes de irse, había vuelto y además con pistola en mano.

Pero no vio a su agresor por ningún lado. Y mientras aguzaba la vista hasta la barra, con el rabo del ojo vislumbró que ya a unos ocho metros, también con pistola en mano, Samuel caminaba desafiante hacia él. Como un relámpago, José disparó.

Samuel cayó herido de muerte, con el pecho al suelo, pero todavía pudo levantar la cabeza y la pistola, ayudándose con la mano izquierda para sostener la derecha en posición de tiro. José, que había quedado protegido por una columna de lo que hoy es el restaurante Las Tablitas, asomó la cabeza para ver a su adversario, y en ese instante una bala lo perforó debajo del pómulo derecho. Mientras se derrumbaba un segundo disparo de Samuel le dio en la frente.

Quedó tirado junto a la columna, muerto a los ojos de quienes presenciaron el duelo. Poco después, también esgrimiendo pistola, llegó Salim Salim, hermano con la misma fama de Samuel. Cuando miró “muerto” a José dijo para que todos lo oyeran que ya nada necesitaba hacer con él. Verificó después que su hermano aún respiraba, lo levantó y lo condujo al hospital.

Pero Juan Leyva, el adolescente que había escuchado a Samuel decir que le quitaría la pistola a José, observó que una mosca se posó en la nariz del “muerto» y que de forma casi imperceptible este la contrajo, por lo que también José fue llevado al hospital, donde poco después morirían, primero Samuel Salim y luego José González, el muchacho que empujado por la tradición de salvaguardar el honor, enfrentó el agravio, en tierra sin ley, a costa de su vida.

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