Saltar al contenido

Arthur Rimbaud

Un rincón de la mesa (en francés Un coin de table). Óleo sobre lienzo del pintor Henri Fantin-Latour, 1872. De izquierda a derecha están Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Léon Valade, Ernest d’Hervilly y Camille Pelletan. De pie, de izquierda a derecha se encuentran Pierre Elzéar, Émile Blémont y Jean Aicard.

Nació en Charleville, Francia, y falleció en Marsella. Poeta francés, uno de los máximos representantes del simbolismo, tendencia dominante en la segunda mitad del siglo XIX que suele señalarse como el inicio de la lírica contemporánea. A pesar de su efímera carrera literaria (escribió su último libro a los veinte años), la importancia de su obra es equiparable a la de los otros grandes nombres de esta corriente: Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine.

A los 16 años se fugó de su casa por vez primera y fue detenido por los soldados prusianos en una estación de París, al mes siguiente intentó de nuevo la fuga, esta vez dirigiéndose hacia la región del Norte. Después de trasladarse a Bélgica, quiso emprender carrera como periodista en la ciudad de Charleroi. Entre las dos fugas había empezado a escribir un libro destinado a Paul Demeny. Cuando regresó a Charleville en el invierno de 1870-1871, su colegio había sido convertido en hospital militar. Huyó a París en febrero y volvió con su familia en marzo y publicó la famosa Carta del vidente en la que definía al poeta del futuro como un «ladrón de fuego» que busca la alquimia verbal y lo desconocido a través de un «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos».

Paul Verlaine, a quien había enviado algunos poemas, le invitó a París. Rimbaud llegó con un poema, El barco ebrio, que impresionó profundamente a su anfitrión. En julio de 1873, Verlaine, el «desgraciado hermano» de Rimbaud, huyó a Bruselas; pretendía enrolarse con los carlistas, o suicidarse. Llamó a Rimbaud, éste acudió a su lado y volvieron las disputas. Llevado por su carácter depresivo, y sospechando que iba a ser abandonado pronto, Verlaine disparó a Rimbaud y lo hirió, por lo que fue arrestado y encarcelado. Mientras se recuperaba en sus Ardenas natales, Arthur Rimbaud terminó el libro autobiográfico Una estancia (o temporada) en el infierno, donde relataba su historia y daba cuenta de su rebeldía adolescente. Gracias a su madre, publicó Alquimia del verbo. En 1874, preparó en Londres su última obra, Las iluminaciones, cerca de cincuenta poemas en prosa que proyectan sucesivos universos y proponen una nueva definición del hombre y del amor. Después de este libro, escrito a los veinte años, Arthur Rimbaud abandonó definitivamente la literatura. En 1891, aquejado de fuertes dolores en la pierna derecha, volvió a Francia, donde le fue amputada; murió poco después en un hospital de Marsella.

Arthur Rimbaud

 

 

 

 

 

 

 

¡LA HEMOS VUELTO A HALLAR!…
 
¡La hemos vuelto a hallar!
¿Qué?, la Eternidad.
Es la mar mezclada
con el sol.
Alma mía eterna,
cumple tu promesa
pese a la noche solitaria
y al día en fuego.
Pues tú te desprendes
de los asuntos humanos,
¡De los simples impulsos!
Vuelas según..
Nunca la esperanza,
no hay oriente.
Ciencia y paciencia.
El suplicio es seguro.
Ya no hay mañana,
brasas de satén,
vuestro ardor
es el deber.
¡La hemos vuelto a hallar!
-¿Qué?- -La Eternidad.
Es la mar mezclada
con el sol.
SENSACIÓN
Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
herido por el trigo, a pisar la pradera;
soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
por los campos, tan lejos como el gitano vaga.
SUEÑO PARA EL INVIERNO
a ella…
En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello…
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara
-y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Revista Escribas