Última actualización el 20 de noviembre de 2019

Raphael Tunesi
Acaba de pasar el 12 de octubre, día en el cual se celebra el descubrimiento del Nuevo Mundo, o como lo llamamos ahora: las Américas, del Norte, Centro y Sur.
En la escuela así nos enseñan, Cristóbal Colón llegó en carabela y encontró un “nuevo” continente buscando una vía marítima de alcanzar a China. Y todo esto es comprobado y seguro, pero desde hace mucho tiempo a muchos les ha molestado que esto hubiera ocurrido tan tarde, hace tan solo unos 500 años, aproximadamente. Gente de todo tipo se lanzó entonces a “descubrir” las “pruebas” de anteriores visitantes ultramarinos a las Américas: chinos, romanos, egipcios, fenicios, árabes, vikingos… de todos los colores y de todas las épocas. La vasta mayoría de estas búsquedas resultaron en fracasos, o peor en falsificaciones de evidencias y pruebas “sembradas” por los mismos descubridores. Pero hubo unos casos donde las inquietudes de estos estudiosos brindaron sus frutos y literalmente cambiaron la historia del descubrimiento de las Américas. A este punto quisiera adelantar un punto importante que en tiempos muy recientes se ha postulado con más y más frecuencia: ¿Cómo puede llamarse descubrimiento algo, cuando estas tierras ya tenían poblaciones locales? Este tema de relevancia no solo de semántica, no va a ser el tema de este artículo, ya que contestaría la pregunta de una forma simple y obvia, que los descubridores de las Américas fueron anónimos grupos de paleo-indígenas que se atrevieron a cruzar los glaciales que unían lo que hoy conocemos como Siberia y Alaska en el Estrecho de Bering. Aquí nos seguiremos enfocando en los “otros” descubridores, los que no eran indígenas.
Vamos a tratar de empezar con los argumentos más seguros para luego avanzar más y más en territorio de misterio y dudas.
Los Vikingos

La presencia de este pueblo encima de la lista no debería sorprender a nadie, ya que sí alguna vez hubo un pueblo marinero en Europa que vivía en, con y de, sus barcos eran los antiguos escandinavos. Ellos mismos nos dejaron la pista de sus proezas en sus sagas, los antiguos mitos nórdicos. Las fuentes más importantes para conocer este capítulo de la historia vikinga son la Saga de los Groenlandeses y la Saga de Erik y un tratado de geografía del siglo 14 incluido en los Anales de Groenlandia. Los textos de las Sagas son indudablemente anteriores a los viajes de Colón: la Saga de Erik es del siglo 13, mientras que la Saga de los Groenlandeses puede ser fechada entre 1310 y 1387.
Parte historia, parte mito, un poco como las leyendas de la Ilíada,

estas historias nos narran la aventura del aventurero islandés Leif Erikson, hijo del igualmente valeroso Erik el Rojo, el fundador de las colonias vikingas en Groenlandia. Este vikingo un día decidió averiguar cuentos de colegas, de que existía una tierra fértil más allá de Groenlandia, una tierra llamada Vinland, la Tierra del Vino y las Sagas nos relatan que fundó un asentamiento llamado Leifsbúðir. Por mucho tiempo se dudaba de la veracidad de estos cuentos, hasta que, en 1960, una pareja de arqueólogos y exploradores noruegos, Helge Ingtad y Anne Stine Ingstad decidieron averiguar en primera persona. En barco, como sus ancestros vikingos, los dos navegaron cientos y cientos de kilómetros de costas canadienses, en búsqueda de algún indicio, hasta que un día unos habitantes de L’Anse aux Meadows en Terranova, Canadá, les comentaron que si ya habían visitado las “ruinas” cercanas al pueblo. Siguiendo el consejo de los locales empezaron a examinar y escarbar las ruinas y lograron encontrar el más antiguo asentamiento no nativo en tierras americanas jamás descubierto por un arqueólogo. Las fechas de carbono 14 resultaron encajar exactamente con los cuentos de las sagas nórdicas, con un resultado de entre 990-1050 d.C. Los edificios presentan técnicas constructivas coherentes con las usadas por los vikingos en Groenlandia, que derivan de los métodos constructivos de Islandia.

Se trataba de un asentamiento pequeño que podía albergar de 70 a 90 personas, posiblemente temporal, y de corta vida, ya que no se pudo detectar tumbas de los pobladores. Todo parece indicar que más que un poblado para colonizar, este lugar fuera una estación de servicio para reparar barcos y quizás reposar brevemente. los restos de escoria de herrería y de hornos para herrería y de abetos como clavos, indica una producción de objetos metálicos para usos marineros, probablemente para reparación de los barcos. El análisis de los depósitos de basura de estos vikingos nos indica que su estancia fue muy breve, medible más en años que en décadas.
Nada obstante esta modesta presencia lo importante es que, cualquiera que pueda haber sido el uso de este asentamiento comunidad, este pequeño puesto de avanzada vikingo, es real y le quita a Cristóbal Colon el título como primer descubridor de las Américas.
Los Polinesios

Otro pueblo con increíbles cualidades marineras, los polinesios, son los próximos en la lista de los posibles descubridores de las Américas. En este caso los indicios son mucho más sutiles y muy difíciles de calificar en su relevancia. Aquí curiosamente la sospecha de que los polinesios visitaran América es muy fuerte, aunque no tengamos ningún asentamiento polinesio en el “Nuevo Mundo”. Los argumentos favorables a esta teoría son de naturaleza muy distinta a los que vimos con el caso vikingo. Aquí los testigos de estos contactos son todos indirectos, naturales o lingüísticos, y hasta el momento no existe un solo objeto producido por manos polinesias que fuera encontrado en tierras americanas. Vamos a analizar estos elementos, y vamos a tratar de entender porque, en ausencia de artefactos o edificios, parece ser seguro que este contacto ocurriera.

En el frente arqueológico el argumento más preponderante, y mejor estudiado y discutido, es el sitio de El Arenal en Chile. Este sitio se encuentra a 5 km tierra adentro de la costa recorriendo el estuario del rio Quidico. El sitio presenta los restos de producción alimenticia de plantas y animales domesticados típicos de los indígenas de la región de la época prehispánica, como el guanaco (Lama guanicoe), quinoa y restos de maíz. Entre estos componentes clásicos y esperados, los arqueólogos encontraron los restos óseos de por lo menos cinco pollos.
Los restos fueron encontrados en una capa prístina y no removida sellada entre dos capas, una más antigua, fecharle al 700 d.C. y una reciente. El examen de laboratorio de los diferentes restos óseos dio resultados uniformes en los resultados de las fechas de radiocarbono calibrado de entre 1304 a 1424 d.C. No hace falta mencionar que estas fechas son anteriores a cualquier visita europea a las costas de Chile. La procedencia de los pollos en este hallazgo arqueológico es fundamental, ya que los pollos no pueden haber llegado a Chile solos, ya que sus capacidades de vuelo impiden esta posibilidad. Solo con la ayuda de humanos es posible imaginar su arribo al litoral chileno. Los estudios del ADN mitocondrial de los restos óseos, dio resultados un poco debatidos entre los expertos, pero parecen indicar las islas de Polinesia como origen de estos pollos. Nada, no obstante, la enorme distancia, superior a la que separa América de Europa o de África, es un hecho seguro, de que los marineros polinesios dominaban la navegación a los niveles requeridos para este tipo de expediciones, y una prueba indiscutible de esto es la colonización de la Isla de Pascua.

Lo interesante de los posibles contactos transoceánicos del Pacifico es que también hay evidencias en Asia. Nuevamente no son restos de grandes culturas, si no plantas de uso agrícola que se encuentran lejanas de su origen biológico. Un tema curioso de estas plantas es que seguido, muestran una tradición limitada, en el uso práctico por sus nuevos cultivadores y también se encuentran menos variedades que en sus tierras de origen. La lista de estos “inmigrantes botánicos” a Asia y las Islas del Pacifico es bastante impresionante: perejil, jícama, varios tipos de frijoles, camote, papa.
Nuevamente los primeros sospechosos para este intercambio son los navegadores polinesios, ya que casi todas estas plantas están presentes en sus islas y en Asia. Por ello sorprende que, hasta el momento, no exista clara evidencia arqueológica, de algún asentamiento polinesio en costas americanas. Especialmente tomando en cuenta lo increíblemente largo que era el viaje. Quedamos con este acertijo científico: los polinesios seguramente viajaron a América con sus pollos y de regreso viajaron con verduras, frutas y semillas americanas, pero a ellos, los marineros polinesios junto con sus capitanes, todavía no logramos encontrarlos en ningún lado.
Los Romanos

Con los polinesios hemos dejado atrás el terreno sólido y seguro de las pruebas arqueológicas y con los romanos nos adentramos en territorio de controversia y en una zona gris de la arqueología. No hablaríamos de los romanos, si no fuera por un solo hallazgo, de una sola pieza, indudablemente romana, en una tumba muy tardía, cercana a la época del contacto.
En el año 1933 el arqueólogo García Payón, trabajando en Calixtlahuacan, Estado de México, descubrió una tumba, y entre los objetos se documentó y resguardó una cabeza de barro, representando un hombre. Solo varios años más tarde, al revisar las ofrendas funerarias, Robert Heine-Geldern entendió que se trataba de una pieza romana, posiblemente la cabeza de un dios romano.
Y aquí es donde el hallazgo se vuelve problemático, contrariamente a los casos anteriores en los cuales los hallazgos encajan perfectamente con la época en la cual se esperaría que fueran hallados, la cabecita romana no se encontró en una tumba del preclásico tardío o del clásico temprano, si no en un contexto más de mil años más tardío. La fecha de la tumba, alrededor de 1400 d.C., deja también abierta la duda si no podría tratarse de una tumulación ocurrida justo durante la conquista, todavía al estilo prehispánico, pero con un objeto traído desde Europa por un español. Un problema grave de este caso es también la fecha de las excavaciones, que ocurrieron en la década de 1930, época en la cual los registros arqueológicos distaban mucho de los exhaustivos tomos de hoy en día.

Si la ausencia de datos arqueológicos y el misterio de una pieza afuera de su época no fueran suficientes, para empeorar el panorama, nos queda una posibilidad más sombría: la falsificación del hallazgo. Posiblemente, quizás por juego, quizás por dolo, algún miembro del equipo original pudo “sembrar” la cabecita romana en la tumba.
¿Entonces que podemos concluir de este hallazgo? Por muy frustrante que sea, la respuesta es: Muy poco. Vamos a descartar la mala fe como causante de la presencia de este objeto romano en una tumba Matlazinca, para poder hablar un poco más sobre el tema, no porque estemos seguros que no sea esta la respuesta.
Sin la mala fe, nos quedamos con otro detalle: la fecha. Si la tumba es prehispánica, hay que notar que hay 1200 años de diferencia entre la fabricación del objeto y su deposición en la tumba. El manejo de objetos antiguos por las civilizaciones prehispánica es conocido, como demuestran los objetos olmecas propiedad de nobles maya o los encontrados en el Templo Mayor en la Ciudad de México. Pero se trata normalmente de objetos de piedra, preferiblemente de jade o piedra verde. Además, en la mayoría de los casos, como las fuentes coloniales nos explican, estos objetos eran escarbados por “expertos” buscadores de tesoros de la época, y no piezas que necesariamente estuvieran bajo el cuidado de dinastías por siglos.
En este caso, de ser la tumba prehispánica, se necesitaría postular una llegada a tierras mexicanas en la época romana y luego o una cadena continua de dueños o el saqueo antiguo de una tumba del siglo 2 o del siglo 3.
Aun siendo este escenario posible, parece más probable que la cabecita romana pueda haber llegado al “Nuevo Mundo” por manos europeas, para luego entrar de forma no conocida en circulación entre las elites locales. Si este fuera el caso, evidentemente la cabecita no comprobaría ningún viaje romano a las costas americanas.
Por lo anteriormente expuesto, siempre y cuando podamos excluir que la pieza fuera “plantada” en mala fe durante el proyecto arqueológico, parece que la explicación más probable sea que la pieza llegó en el siglo 15 al México durante la época de las primeras expediciones al “Nuevo Mundo”.
Conclusiones
¿Qué aprendemos entonces de estas evidencias que aquí hemos presentado y qué pasa con Colón, el “descubridor” de las Américas?
Pues en realidad la pregunta tiene dos posibles respuestas: por un lado, Colón pierde este título, porque la arqueología nos demuestra que no fue el primer no indígena que visitara estas tierras. Al momento este título lo puede ostentar Leif Eriksson y su grupo de vikingos, el segundo lugar lo ocupa la anónima tripulación de un navío polinesio y Colón, es remetido al tercer lugar. Pero la respuesta puede ser otra: Colón descubre las Américas y no sus colegas, porque solo él y los otros exploradores de su época saben que están descubriendo algo realmente nuevo. Además, a lado de esta distinción semántica, Colón y su hazaña cambiarán no solo la vida y el menú de unos cuantos, si no cambiarán el curso de la historia. Los vikingos repararon unos barcos y forjaron unos clavos, los polinesios importaron unos pollos y se llevaron unas frutas y unos tubérculos, pero no pasó de ahí. No hay influencia del arte vikingo en América y no hay Moais en Chile. Salvo las experiencias personales y unos cambios en los menús de unos pueblos la historia no tiene nada que registrar de estos previos acercamientos a tierras americanas. Esto es lo que puede permitir seguir definiendo Colón como el hombre que descubrió America para el Viejo Mundo.
Tunesi: Enfocado en el estudio de la escritura maya y más recientemente en la atribución de las obras de vasijas pintadas del periodo
clásico. Se apasionó por la cultura maya desde la infancia y con el pasar de los años ha publicado libros acerca de esta cultura maya
en general y artículos en revistas especializadas sobre temas epigráficos y de historia del arte. Aquí se pueden descargar parte de sus
publicaciones: https://www.academia.edu/people/search?utf8=%E2%9C%93&q=rapahel+tunesi
Biografia
Storey, Alice A. et al.,
2007 Radio carbon and DNA evidence for pre-Columbian introduction of Polynesian chicken to Chile. PNAS
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2011 Pre-Columbian chickens of the Americas: a critical review of the hypotheses and evidence for their origins. Rapa Nui Journal Vol. 25 (2)
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2014 No evidence against Polynesian dispersal of chickens to pre-Columbian South America. PNAS
Halldórsson, Ólafur. 1978 Grænland í miðaldaritum. Reykjavik: Sögufélag.
Hristov, Romero and Santiago Genovés
1999 Mesoamerican evidence of Pre-Columbian transoceanic contacts. Ancient Mesoamerica. 10 (2)
Sorenson, John L. and Carl L. Johannessen
2004 Scientific Evidence for Pre-Columbian Transoceanic Voyages.
Sino-Platonic Papers 133
Þorláksson, Helgi. 2001 “The Vinland Sagas in a Contemporary Light”. In Andrew Wawn and Þórunn Sigurðardóttir, eds., Approaches to Vinland. Proceedings of a conference on the written and archaeological sources for the Norse

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