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Fray Bartolomé de las Casas a 513 años de su fallecimiento

Última actualización el 12 de agosto de 2019

Bartolomé de las Casas nació en Sevilla entre 1474 o 1484​ y falleció en Madrid en el mes de julio de 1566. Encomendero español y luego fraile dominico, fue escritor, cronista y obispo de Chiapas (en aquel entonces bajo jurisdicción de la Capitanía General de Guatemala). Es conocido como el principal defensor de los indígenas de su época y fue nombrado «Procurador o protector universal de todos los indios de las Indias» hispánicas.

De acuerdo con Antonio de Remesal, su primer biógrafo, Bartolomé de las Casas nació en Sevilla en 1474. Sin embargo, las investigaciones de Helen Rand Parish y Harold E. Weidman en 1976 determinaron que la fecha de su nacimiento fue el 11 de noviembre de 1484 en Triana, Sevilla.​ Juan Antonio Llorente, en su compendio de obras de fray Bartolomé de 1822, dice que fue en 1474 y que probablemente el 24 de agosto por ser el día de la celebración del martirio del Apóstol San Bartolomé, y ser un uso muy general en España, poner a los niños en el día del nacimiento el nombre del santo que la iglesia diocesana celebra, cuando no se dé el nombre del padre, que no se da en este caso porque el padre se llamaba Antonio.​

Cursó sus estudios primarios, probablemente, en el Colegio de San Miguel. Posiblemente en 1490 fue a estudiar «ambos derechos» (canónico y estatal) a la Universidad de Salamanca, donde terminó sus estudios alrededor de 1500 y consiguió una plaza como doctrinero en una expedición a las Indias que partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 13 de febrero de 1502. Para algunos historiadores, esto lo hizo para hacer méritos para ser fraile y para otros lo hizo para atender los negocios de terrateniente que su padre había dejado en el Caribe. La llegada de Bartolomé de Las Casas a la isla en el mar Caribe de La Española se produjo el 15 de abril de 1502. ​

En 1506, Bartolomé de las Casas regresó a Sevilla, en donde recibió las órdenes menores al sacerdocio. ​ En 1507 viajó a Roma y fue ordenado como presbítero. Regresó a La Española en 1508. En septiembre de 1509 Nicolás de Ovando fue sustituido en el gobierno de la isla por Diego Colón, hijo de Cristóbal Colón. En Concepción, Las Casas comenzó su trabajo como doctrinero, que compaginó con su oficio de encomendero1.

En 1510 llegó a la isla la Orden de los Dominicos, que a la postre fue la que mayor aporte hizo en favor de los derechos de los indígenas. Los primeros dominicos que vinieron a la isla fueron cuatro, de los cuales solo se conserva el nombre de tres: fray Pedro de Córdoba, fray Antonio de Montesinos y fray Bernardo de Santo Domingo. Posteriormente llegaron más, aumentando el número a ocho. Pronto empezaron a preocuparse por los derechos de los nativos americanos.

A solicitud de Diego Velázquez, en la primavera de 1512, Bartolomé de las Casas se trasladó a la isla de Cuba como capellán en compañía de Pánfilo de Narváez. Los españoles avanzaban por la isla a través de la espesa selva, conquistando pueblos, y luego cristianizándolos y extendiendo el dominio de España. La labor de Las Casas fue muy importante para abrirse paso entre las tribus hostiles, ya que siempre enviaba a un indígena amigo a parlamentar con los pueblos, y por esto era conocido como el “behique” (bueno). ​

En la biografía de Bartolomé de las Casas del historiador Héctor Anabitarte, se narra que Las Casas hablaba con los indígenas y les explicaba la doctrina cristiana. Los pueblos se mostraban participativos y relataban que en su religión había habido un diluvio universal. La fama de Las Casas se extendió por la isla y comenzó a desaparecer el temor hacia los españoles, que había venido de los pueblos sublevados en La Española. Bartolomé, siempre comprensivo, comenzó a bautizar a los niños y prometió el amor eterno de Dios a todos aquellos nativos americanos que decidían bautizarse. ​

En 1513 los españoles llegaron a la localidad de Caonao, donde fueron recibidos con un banquete. Sin embargo, se desconoce la razón, los españoles se exaltaron creyéndose que iban a ser atacados y comenzaron a matar a la gente con sus espadas. Bartolomé de Las Casas intentó detener la matanza, pero los soldados no le obedecieron.

Como recompensa por sus acciones durante la conquista de Cuba, Bartolomé de Las Casas recibió en 1514 un nuevo repartimiento de esclavos indigenas en Canarreo, a orillas del río Arimao, cerca de Cienfuegos. Y, junto con su socio Pedro de Rentería, mandó extraer oro de los yacimientos auríferos del río.

4.2.7

En una misa de Pascua, encontrándose en Sancti Spíritus, dio un sermón en el cual condenaba los malos tratos a los indigenas y explicaba vivencias sobre ellos. Esto despertó críticas entre la gente, pero estas críticas no fueron tanto contra su prédica, sino contra su persona, puesto que Las Casas era un encomendero y no era justo que insultara a un grupo al que él mismo pertenecía.

El 15 de agosto de 1514, día de la Asunción, a la edad de treinta años, pronunció un sermón en Sancti Spíritus​ donde, en presencia de todos y del propio Velázquez, dijo que reiteraba sus críticas y que cedía todas sus encomiendas, ante el asombro de todos. ​ Cuando regresó Rentería y Las Casas le comunicó su decisión, lejos de enfadarse, su antiguo socio le dijo que le apoyaba en sus demandas y que pondría a su disposición todo el dinero que necesitara.

En septiembre de 1515 Bartolomé de Las Casas embarcó rumbo a Sevilla junto con fray Antonio de Montesinos. Los frailes llegaron a Sevilla el 6 de octubre. En 1516 Las Casas escribió su Memorial de los Agravios, de los Remedios y de las Denuncias. El acceso al trono de Carlos V permitió a Las Casas ser escuchado en la corte, de manera que la Corona le encargó un plan de colonización en Tierra Firme según sus propuestas.

En abril, Cisneros determinó enviar a tres frailes jerónimos para ejercer la gobernación de La Española. Las Casas fue comisionado consejero de los frailes y se le nombró Procurador o protector universal de todos los indios de las Indias, ​ cargo similar al de Ombudsman de Suecia que fue instituido a principios del siglo XIX. Bartolomé de Las Casas fue, desde ese momento, protector de los nativos en las islas La Española, Cuba, San Juan y Jamaica, así como en tierra firme, en referencia al continente americano. Su misión era informar a los padres jerónimos o al resto de personas que entendiesen de ello de la salud e integridad de los indigenas.

El 11 de noviembre de 1516 Bartolomé de Las Casas embarcó junto con los tres padres jerónimos rumbo a La Española. Al llegar, Las Casas se dio cuenta de que los encomenderos se habían ganado el favor de los padres jerónimos. Estos los recibieron con festejos y les habían dicho que las encomiendas eran necesarias, porque de lo contrario los pueblos se rebelarían y que además tenían costumbres primitivas, y los padres jerónimos se limitaron a suprimir las encomiendas de los que no vivían la isla. Las Casas solamente logró que se respetaran de las Ordenanzas lo que se refería a la libertad de los nativos encomendados a jueces y oficiales del rey.

En 1518 las Casas planeó un proyecto para colonizar tierras de nativos con labradores reclutados en España. Esto era un intento de crear una experiencia colonizadora pacífica en un territorio no hallado por conquistadores y encomenderos. Sin embargo, hubo de tener un arduo debate contra el fraile franciscano Juan de Quevedo, quien había sido nombrado obispo de Santa María la Antigua del Darién, y se pronunciaba a favor de la esclavitud de los indígenas. ​ Juan de Quevedo se apoyaba en Aristóteles para argumentar que las gentes rudas y bárbaras son esclavos por naturaleza. Las Casas argumentaba que los pueblos indígenas podían ser civilizados en paz y respetándose su libertad, porque Dios les había dado los mismos talentos que al hombre blanco.

En abril de 1520, las Casas conoció a los indígenas totonacas que fueron llevados ante la presencia del nuevo monarca por Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo, ambos emisarios de Hernán Cortés, conquistador de México. Un par de meses más tarde, en Santiago de Compostela, el Consejo de Castilla hizo para sí las ideas de Las Casas quien estaba convencido que la labor de conquista y colonización de América debía ser ejercida pacíficamente a través del anuncio y difusión de la fe católica. Así, el Consejo de Castilla lo autorizó a llevar a cabo el proyecto para crear una colonia pacífica en el territorio de Cumaná (Venezuela), para que él aplicase sus teorías consistentes en poblar la tierra firme, sin derramar sangre y anunciar el evangelio.

El 14 de diciembre de 1520 partió rumbo a Puerto Rico al que llegaron a el 10 de enero de 1521. En 1523, tras pasar un año de novicio, profesó en la Orden de Predicadores, o frailes dominicos. En 1526 escribió al presidente de la Audiencia, Alonso de Fuenmayor, pidiendo por los nativos americanos. Para satisfacer al arzobispo, los superiores del convento lo enviaron a otro convento, al de Puerto de la Plata, al Norte de la isla. Allí llegó en 1527 y dedicó tres años al estudio y a la meditación.

El Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, y el de Tlaxcala, fray Julián Garcés, lo designaron como reformador de la Orden de los Dominicos en el Nuevo Mundo. En noviembre de 1531 desembarcó en Veracruz, junto con fray Tomás de Berlanga y con el presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo, Don Sebastián Ramírez de Fuenreal. Sin embargo, los dominicos de México consiguieron el apoyo del Cabildo de la ciudad y lo encarcelaron, mandándolo luego de vuelta a La Española.

En 1524 se había creado el Consejo Real y Supremo de las Indias, para hacerse cargo de todos los asuntos relacionados con la política de América. Su presidente era Fray García de Loaysa. Tras su expulsión de Veracruz Las Casas escribió a este organismo una extensa carta. Esa carta fue el germen de otra obra, De Unico Vocationis Modo. ​

En 1533 un encomendero arrepentido en su lecho de muerte le pidió a fray Bartolomé de Las Casas que liberase a sus indios encomendados. Él lo hizo, sin embargo, se granjeó la enemistad de su heredero, Pedro de Vadillo, y logró que lo encarcelaran. Los dominicos impidieron que se cumpliera la condena, pero se le pidió que se recluyera en un monasterio de la orden. Sin embargo, en 1534 las autoridades precisaron de fray Bartolomé. Un cacique educado por los franciscanos conocido como Bahuruco y que fue bautizado como Enrique, pasó a la encomienda de un hidalgo español apellidado Valenzuela, que tenía haciendas en San Juan de la Maguana. Cansado de las humillaciones de su amo, salió al bosque, donde se unió a un grupo de indígenas sublevados. Logró defenderse de los ataques que se mandaron contra ellos y montó una especie de «república independiente» en una extensión de treinta leguas. Los jefes nativos Ciguayo y Tamayo siguieron el ejemplo de Enrique y decidieron organizar partidas contra los españoles, atacándolos a todos, estuvieran armados o no. Los métodos de atacar a gente sin armas no le gustaban a Enrique, pero el odio contenido hacia los españoles era tan grande que era difícil controlarlo. Su rebelión se prolongó durante diez años. Un tal fray Remigio fue mandado a parlamentar a su villa, pero fue arrestado por los nativos y Enrique le explicó la razón de su rebeldía. Carlos V fue informado de que había un cacique rebelde en La Española y ordenó que fuera reducido, ante lo cual, el presidente de la Audiencia de la Española, Sebastián Ramírez de Fuenleal, le pidió a Las Casas que interviniera en el asunto. Enrique reconoció a Las Casas como un amigo. Las Casas le explicó de los inconvenientes de vivir fuera de la ley de los blancos, de los poderosos que estos eran y de que no iban a permitir que esa rebelión continuara. Enrique pidió «seguro de vida y perdón general, conservación de su señorío y hacienda y libertad para sus hombres, que continuarían viviendo en la tierra de sus antepasados sin recibir ninguna molestia». Los españoles aceptaron. ​

Por los servicios prestados, la Audiencia levantó a Bartolomé de las Casas su reclusión, permitiendo que aceptase la invitación de fray Tomás de Berlanga, al que acababan de hacer obispo del Perú. Ambos embarcaron hacia Panamá, para luego seguir por tierra hasta Lima, pero en el transcurso del viaje hubo una tormenta que llevó el barco a Nicaragua, donde decidió instalarse en el convento de Granada. Esta fue la tierra de las Indias que más le gustó y en 1535 propuso al rey y al Consejo de Indias iniciar una colonización pacífica en zonas del interior inexploradas. Sin embargo, a pesar del interés mostrado por los consejeros de Indias Bernal Díaz de Luco y Mercado de Peñaloza, esto no pudo hacerlo por culpa de que todavía se encontraba en la corte el clan Fonseca, enemigo del Protector.

En 1536 el gobernador de Nicaragua, Rodrigo de Contreras, organizó una expedición militar, pero Las Casas logró aplazarla un par de años informando a la reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Ante la hostilidad de las autoridades, Las Casas decidió abandonar Nicaragua y se dirigió a Guatemala. En noviembre de 1536 se instaló en Santiago de Guatemala. Meses después el obispo Juan Garcés, que era amigo suyo, le invitó a trasladarse a Tlascala. Posteriormente, volvió a trasladarse a Guatemala. Para el año 1537 el papa Paulo III dicta la bula Sublimis Deus donde proclama que los nativos no pueden ser esclavizados y que no debían ser tratados como «brutos creados para vuestro servicio, sino como verdaderos hombres, capaces de entender la fe católica. Tales indios y todos los que más tarde se descubran por los cristianos, no pueden ser privados de su libertad por medio alguno, ni de sus propiedades, aunque no estén en la fe de Jesucristo y no serán esclavos».

El 2 de mayo de 1537 consiguió del gobernador licenciado Don Alfonso de Maldonado un compromiso escrito ratificado el 6 de julio de 1539 por el Virrey de México Don Antonio de Mendoza, que los nativos de Tuzulutlán, cuando fueran conquistados, no serían dados en encomienda sino que serían vasallos de la Corona.​ Las Casas, junto con otros frailes como Pedro de Angulo y Rodrigo de Ladrada, buscó a cuatro nativos cristianos y les enseñó cánticos donde se explicaban cuestiones básicas del Evangelio. Posteriormente encabezó una comitiva que trajo pequeños regalos a los indigenas e impresionó al cacique, que decidió convertirse al cristianismo y ser predicador de sus vasallos. El cacique se bautizó con el nombre de Juan. Los nativos consintieron la construcción de una iglesia, pero otro cacique llamado Cobán quemó la iglesia. Juan, con 60 hombres, acompañado de Las Casas y Pedro de Angulo, fueron a hablar con los nativos de Cobán y les convencieron de sus buenas intenciones. ​ Posteriormente, los dominicos establecieron sedes para sus doctrinas en los poblados de Rabinal, Sacapulas y Cobán, desde donde dirigieron la conquista pacífica de la Vera Paz.

Otro viaje transatlántico volvió a fray Bartolomé de las Casas de nuevo a España en 1540. En Valladolid, visitó al rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. El emperador Carlos quien, entre sus numerosos títulos era «Rey Católico» desde 1517, preocupado por la situación de los indios en América y prestando oídos a las demandas de fray Bartolomé y a las nuevas ideas del derecho de gentes difundidas por Francisco de Vitoria, convocó al Consejo de Indias a través de Comisión de Valladolid o Junta de Valladolid. Entre los comisionados se encontraban los más importantes teólogos y juristas europeos de su época.

Como consecuencia de lo que se discutió, el rey Carlos I promulgó el 20 de noviembre de 1542 las Leyes Nuevas. Ellas prohibieron la esclavitud de los indios y ordenaron que todos quedaran libres de los encomenderos y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona. Disponían además que, en lo concerniente a la penetración en tierras hasta entonces no exploradas, debían participar siempre dos religiosos, que vigilarían que los contactos con los indios se llevaran a cabo de forma pacífica dando lugar al diálogo que propiciara su conversión. Las Leyes Nuevas fueron uno de los más importantes aportes al derecho de gentes que efectuó el rey Carlos I como consecuencia de sus conversaciones con fray Bartolomé de las Casas.

A finales de ese mismo año las Casas terminó de redactar en Valencia su obra más conocida, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, dirigida al príncipe Felipe, futuro rey Felipe II, entonces encargado de los asuntos de Indias. ​Se le ofreció el obispado de Cuzco, importantísimo en aquel momento, pero las Casas no aceptó, aunque sí se hizo cargo del obispado de Chiapas en 1543, porque lindaba con Tuzulutlán.

Fue consagrado obispo de Chiapas en el antiguo convento dominico de San Pablo, en Sevilla, actual iglesia de la Magdalena, el 30 de marzo, Domingo de Pasión, de 1544. Pando Miranda dice que «hubo flores y múltiples luces de cirios en la iglesia conventual, nubes de incienso, oro y sedas en los ornamentos sagrados de los obispos consagrantes, que fueron el de Córdoba y el de Trujillo, y un sobrino del Cardenal Loaisa». Como obispo se dedicó a reclutar a una buena cantidad de misioneros, la mayoría dominicos del convento de San Esteban de Salamanca, para acompañarle en su viaje a Chiapas.

Sin embargo, en Sevilla hubo asuntos que precisaron su atención. Muchos vecinos de la ciudad poseían indios reducidos a servidumbre forzada. Unos habían sido traídos por sus encomenderos de América y otros habían sido adquiridos a escondidas a mercaderes de esclavos. Los indigenas, al saber que Las Casas está allí, van al convento a quejarse. Las Casas se dirigió a Carlos V por carta para decirle que ordenara poner en libertad a todos los indios del reino, «porque en verdad que son tan libres como yo».​

Partió de Sevilla y llegó a Santo Domingo el 8 de septiembre de 1544 con treinta misioneros. Fueron recibidos con hostilidad por los españoles en las Américas, por haberse decretado las Leyes Nuevas de Indias. El 14 de diciembre de 1544 partió de Santo Domingo rumbo a Chiapas. El 19 de enero de 1545 desembarcó en San Lorenzo de Campeche, donde también soportó la hostilidad de los pobladores y del gobernador, Francisco de Montejo. Desde esta ciudad, y tras pasar unos días en Tabasco, se encaminó a Ciudad Real de los Llanos de Chiapas.

Tras la conquista de México por Hernán Cortés, la ciudad había caído en el gobierno del capitán Diego de Mazariegos, que gobernaba con cierta diligencia, con normas como mantener una adecuada salubridad pública y no permitir que circularan sueltos animales de carga. Mazariegos también se preocupaba por los nativos: les entregó tierras en propiedad y les dijo que si algún español se interesase por ellas podría pagarles, se aseguró de que se respetaran sus descansos semanales, creó una escuela donde podían ir los hijos de los jefes y caciques. Se creó una iglesia en la ciudad, la iglesia de la Anunciación, que quedaba bajo la potestad del obispo de Tlascala, pero con el crecimiento de la ciudad pasó a ser esta una diócesis, siendo su primer obispo Don Juan de Arteaga, y su sucesor el propio Bartolomé de las Casas.

Sin embargo, cuando Las Casas llegó, la ciudad ya no la gobernaba Mazariegos, los terrenos de los indios habían pasado a nuevas manos y estos eran sojuzgados sin que nadie tuviera en cuenta sus intereses. A finales de febrero de 1545 fue cuando Bartolomé tomó el cargo, y el 20 de marzo publicó una carta en la que decía que se negaba la absolución a todos los españoles que no liberasen a sus indios que no devolvieran lo obtenido por las encomiendas a los indios. Todos los españoles se opusieron, pero Las Casas encontró el apoyo de los misioneros dominicos y del clérigo Juan de Parara.

Las Casas decidió hacer una pequeña visita a Tuzulutlán, para comprobar el éxito de su misión pacificadora, ​ y luego regresó a Chiapas. Las Casas permaneció en la ciudad hasta octubre de 1545, cuando fue para pedir ayuda a la Audiencia, presidida por Alonso Maldonado. Maldonado no hizo caso a Las Casas y este regresó a Chiapas. Para asegurar el cumplimiento de las Leyes Nuevas fue enviado a Indias el licenciado Francisco Tello de Sandoval. Desembarcó en San Juan de Ulúa y luego se dirigió hacia Ciudad de México, donde se hospedó en un convento dominico. Había muchos españoles contrarios a la normativa, como el virrey Antonio de Mendoza, y se mandó a una comitiva a hablar con el monarca para que aboliera las Leyes Nuevas. Las Leyes Nuevas encontraron dificultades en su aplicación definitiva, sobre todo en lo que respecta a la herencia del derecho de encomienda.

Bartolomé de las Casas fue llamado por Francisco Tello a Ciudad de México y tuvo que partir, dejando en sustitución al canónigo Juan de Pareda. En mayo de 1546 llegó a Ciudad de México en compañía de su amigo Rodrigo de Ladrada. En la ciudad se incorporó a una Junta Episcopal donde estaban los obispos de México, Tlascala, Guatemala, Michoacán y Oaxaca. En esta Junta debatieron sobre los nativos, ganando la tesis de Las Casas en referencia a la capacidad de los indígenas y los deberes que tenían con la Corona. Francisco Tello decidió dejar en suspenso la aplicación de las Leyes Nuevas hasta que no se resolviera el asunto de la comitiva que había ido a hablar con el monarca y llegaría la noticia de que el Rey suspendía lo que hacía referencia a la herencia, permitiendo que las encomiendas ya dadas se transmitieran.

Las Casas decidió regresar a España en 1547 para luchar por el bienestar de los americanos desde la metrópolis. Embarcó en Veracruz, hizo escala en las Azores, luego desembarcó en Lisboa y fue hasta Salamanca. En agosto de 1550 presentó su renuncia indeclinable como obispo de Chiapas y consiguió que se nombre para reemplazarle a uno de sus discípulos, Fray Tomás Casillas.

El 10 de marzo de 1551 Bartolomé fue nombrado beneficiario de la herencia de Don Juan de Écija, y utilizó este dinero para asegurarse la manutención de él y de su amigo el confesor Rodrigo de Ladrada para el resto de sus días en el Colegio dominicano de San Gregorio en Valladolid.

En Valladolid, entre 1550 y 1551, mantuvo una polémica con Juan Ginés de Sepúlveda llamada «La controversia de Valladolid» que versó sobre la legitimidad de la conquista. Se discutió quién ganó esta controversia, ya que ambos se consideraron ganadores, sin embargo, los trabajos de Ginés de Sepúlveda no obtuvieron autorización para ser publicados.

En 1552 llegó a Sevilla, donde publicó varias de sus obras. Fue acompañado de 20 misioneros que pudo reclutar y que partieron en la expedición de la Armada para el Puerto de Caballos. Estos misioneros portaban los Siete Tratados de Las Casas.

En una de sus obras titulada Brevísima relación de la destrucción de las Indias hace una alusión bastante crítica al Requerimiento de 1512, documento escrito por orden de Fernando II de Aragón para ser empleado como pregón oficial en el contexto de las Leyes de Burgos (redactado por Juan López de Palacios Rubios), fue elaborado como una respuesta al debate surgido acerca de la justicia de la conquista de América, a partir de los sermones del dominico fray Antonio de Montesinos, realizados en la isla de La Española en diciembre de 1511. Dicho Requerimiento también fue muy criticado como ineficaz por otros contemporáneos, como Gonzalo Fernández de Oviedo, y Bartolomé de Las Casas se refiere al respecto:

“…Y porque la ceguedad perniciosísima que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las Indias en disponer y ordenar la conversión de aquellas gentes … ha llegado a tanta profundidad que hayan imaginado e practicado e mandado que se les hagan a los indios requerimientos que vengan a la fe e a dar la obediencia a los reyes de Castilla, si no que les harán guerra a fuego y a sangre, e los matarán e captivarán,…”.

Los últimos años de Bartolomé de Las Casas transcurrieron en Madrid. Estuvo en el convento de San Pedro Mártir y luego en el de Atocha, acompañado de su amigo fray Labrada.

Fray Bartolomé de las Casas, conocido como el Apóstol de los Indios, murió en esa ciudad, en 1566. Fue enterrado en Atocha, aunque, posteriormente y por su disposición testamentaria, sus restos fueron trasladados a Valladolid.

En 2001 la Iglesia católica dio inicio al proceso de beatificación de Bartolomé de las Casas. Por su parte, la Iglesia Luterana lo incluye en las celebraciones de su Calendario de Santos Luterano.

Junto con Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas es considerado uno de los fundadores del derecho internacional moderno​ y un gran protector de los nativos americanos y precursor de los derechos humanos junto al jesuita portugués Antonio Vieira. Aunque desde perspectivas opuestas, tanto él como Vitoria se ocuparon del problema alrededor del cual emergió el derecho de gentes en la época moderna: la definición de las relaciones entre los imperios europeos y los pueblos del Nuevo Mundo. Esta tarea requería de la creación de un marco jurídico suficientemente amplio como para ser válido al mismo tiempo para europeos y americanos. La tradición legal que fue usada para tal fin fue precisamente la del derecho natural, la cual fue tomada del derecho medieval y la filosofía estoica. Las Casas consideró que los indios tenían uso de razón, tanto como los antiguos griegos y romanos, y que como criaturas racionales eran seres humanos. Como tales, los indígenas estaban cobijados por el derecho natural y eran titulares de los derechos a la libertad y a nombrar sus autoridades. ​

Su contribución a la teoría y práctica de los derechos humanos puede apreciarse en su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, el cual, por ser escrito a mediados del siglo XVI, constituye el primer informe moderno de derechos humanos. En él describe las atrocidades a las que fueron sometidos los indígenas de las Américas por los conquistadores españoles. Un párrafo puede dar una idea de los hechos que narra este libro:

“…Otra vez, este mesmo tirano fue a cierto pueblo que se llamaba Cota, y tomó muchos indios e hizo despedazar a los perros [darles de comida] quince o veinte señores y principales, y cortó mucha cantidad de manos de mujeres y hombres, y las ató en unas cuerdas, y las puso colgadas de un palo a la luenga, porque viesen los otros indios lo que habían hecho a aquellos, en que habría setenta pares de manos; y cortó muchas narices a mujeres y a niños…”.

En su Historia de las Indias desarrolló mucho más extensamente las atrocidades descritas en la Brevísima. Durante mucho tiempo se decía que el dominico exageró en la descripción de sus atrocidades. Sin embargo, estudios más recientes han documentado muchas de las atrocidades que él describió demostrando que no exageraba cuando narraba los actos violentos perpetrados por los conquistadores.

Aunque abogó por la defensa de los indios y se ha cuestionado su defensa de los negros, escribió un opúsculo titulado Brevísima relación de la destrucción de África como parte de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, contra el maltrato de la población africana contra abusos de Castilla y Portugal. Esta obra quedó inédita hasta 1875. Bartolomé de Las Casas propuso, sin éxito, que al continente americano se le llamase Columba.

 

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