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Leon Trotsky en México 1939. Foto archivo

Víctima y victimario

Última actualización el 1 de abril de 2019

Roberto Baltazar Márquez

El libro narra la vida de un asesino y de su víctima. Lo hace en el plano de cada personaje, cada uno viviendo su pasión; la de Trotsky desde su exilio decretado por Stalin que lo llevó a las regiones más frías de Rusia (cuarenta grados bajo cero), Turquía, Noruega y México. En el trato de paria que le da Stalin se puede ver en la crueldad del exilio, ese juego del gato y el ratón, en el que se sabe que Trotsky morirá irremediablemente. También describe una etapa aterradora de la humanidad: el ascenso y consolidación del estalinismo que dio muerte a una ilusión humana y la última utopía importante: la igualdad de toda la gente.

Trotsky observa desde su periplo aterrador, que su proyecto político fincado en la revolución permanente, sustentado en la intención de que el comunismo se extendiera a todos los países, no tiene la mínima posibilidad de triunfar. Sabe desde que sale al exilio, que Stalin ganará la batalla política que decidieron emprender por el control de la Revolución rusa y que morirá aquí o allá, pero asesinado violentamente. Ve la destrucción del proyecto de su vida y de su mundo: la muerte de sus hijos y amigos, el encarcelamiento y muerte de sus correligionarios, la purga estalinista que sembró de terror a su país y al mundo (tanto que también a México llegó). Sabe que todos los comunistas del mundo lo ven como el enemigo de la Revolución. O como lo decía Tolstói: la historia lo había vencido pero sin quebrarlo (pag. 70 del libro).

Ramón Mercader vive durante el ascenso del movimiento comunista en España y en Cataluña, también lo hace en Francia. No solo se hace comunista sino algo común a la época: fanático estalinista. Participa en la Guerra Civil española y acepta ser sometido al más duro adoctrinamiento. Su madre juega un papel relevante en esta conversión hacia un ser desalmado, sin entrañas, sin futuro y sin vida. Es un pobre hombre en manos de sus jefes rusos que lo moldean exactamente como quieren. Le dicen que tienen para él una fórmula para serle útil al mundo y a Stalin, pero que debe aguardar años, décadas quizás. Y así sucede, vive transmutaciones terribles para convertirse en ciudadano francés y luego belga, en los que no solo cambia de nombre y pasaporte, sino de personalidad, lengua y costumbres. Se hace un burgués fino y educado para poder jugar el papel que sus jefes le tienen reservado, a él un catalán comunista y rudo que se convierte a una causa por el sometimiento ideológico de una maquinaria propagandística que en su caso tuvo un enorme éxito; en el papel que le toca jugar se convierte en un dandi que va, ligero, buscando su oportunidad de entrar a la historia.

Leon Trotsky junto a Diego Rivera y Andre Breton. Fotos Archivo

Solo algo en común tienen víctima y victimario: su amor por los perros. Más acendrado en Trotsky que toda su vida en el exilio vive con ellos. Empieza con Maya en la Rusia helada y termina con Azteca en el polvoriento Coyoacán de 1939. Sin embargo, la ambigüedad del título prevalece: ¿quién es el señor que amaba a los perros? Y ahí radica otro acierto de la novela. Mete en un tercer plano a un viejo de más de setenta años que vive en Cuba en 1976. Débil y enfermo pero con ganas de platicar para salir de su aburrimiento que se hace acompañar por las playas cubanas de dos perros borzois, mucho más propios para el clima moscovita y no para los calores de La Habana. El hombre le platica al narrador la historia de un amigo suyo: Ramón Mercader, naturalmente, el alter ego del viejo de los perros.

Lo hace no para justificar su conducta, sino con la simple intención que no quede en el olvido. Y ahí es posible ver como el victimario no obtuvo ningún fruto de su crimen y tuvo otra conversión: fue más víctima que el mismo asesinado. Vivió 20 años en las cárceles mexicanas y después fue llevada a Rusia en donde con una condecoración más bien forzada, los soviéticos se deshacen de él. Es decir, Ramón Mercader vivió 50 años de infierno, sin saber exactamente quién era él. Muere solo, nadie lo recuerda y pocos saben de su hazaña y aún hoy a setenta años de su crimen, se va borrando de la memoria de la gente en España, en Rusia, en México. Es un error de la historia.

Ramón Mercader, tras su detención en México en 1940. Fotos Archivo

El libro recoge también una parte de la historia mexicana de la década de los 30 y describe someramente los enfrentamientos de los comunistas mexicanos. Mientras Diego Rivera y Frida Kahlo reciben afectuosamente a Trotsky, David Alfaro Siquieros y Hernán Laborde atentan contra el líder ruso. No son de extrañar, entonces, las profundas divisiones que sigue teniendo la izquierda mexicana. La perspectiva histórica sirve para entender la desaparición de la izquierda en el espectro político e ideológico mexicano. También muestra otro gesto del inmenso gobierno de Lázaro Cárdenas, quien desafía abiertamente al dictador ruso y le da asilo a su peor enemigo. Lo hace dando sentido a una de mejores prácticas que tenemos los mexicanos: dar asilo al necesitado.

Al final, el 20 de agosto de 1940, Trotsky vive en la grande y hermosa casa de Coyoacán, que colinda con el río Churubusco, a la que llegó un año antes después

de vivir en la casa Azul. Ramón Mercader empleó las artimañas de un seductor para tener paso franco en la casa. Llegado el momento, entró al despacho del líder ruso con la confianza adquirida y le asesta un golpe en la cabeza con el piolet que llevaba entre sus ropas. A pesar de que el movimiento para dar el golpe lo inicia cuando Trotsky está de espalda, un giro inopinado hace que voltee 180 grados y reciba el golpe en el frente de la cabeza. Trotsky supo quién lo mató y confirmó que su asesino era un hombre miserable. Trostsky muere 24 horas después y Ramón Mercader es aprendido por la policía mexicana al momento de intentar huir.

El libro tiene dos ideas políticas fascinantes, que aún tienen plena vigencia en nuestros tiempos. Por un lado está el error de los bolcheviques de destruir a los adversarios que se les oponían, pero, precisándolo: destruirlos a lo ruso, es decir, aniquilarlos, acabar con ellos. O sea, estamos ante el mejor escenario que se le puede dar al autoritarismo para que florezca. Qué quiere decir eso: que Stalin incubaba dentro de Lenin; la era del terror y las purgas de Stalin ya se fraguaban dentro del mismo líder de la Revolución rusa. Ante ello, Stalin era un fenómeno político inevitable

Trotsky en México. Fotos Archivo

La otra idea se refiere a la base sobre la cual se fincó el marxismo: la preponderancia política de la clase obrera para saber gobernar el mundo, cosa que evidentemente fracasó. Esta idea puede llevarnos a otra más elemental: el socialismo no tenía base social real. Si el proletariado no podía ser la clase que el socialismo necesitaba, entonces, dejaba su lugar a la burocracia, con las consecuencias estalinistas que saltan a la vista y nos siguen haciendo daño.

Para terminar es preciso tomar las lecciones de la historia que sintetiza Leonardo Padura. Por un lado, nos dicen que Mercader desaparece de ella y Stalin lo hará, pero antes de que suceda efectivamente, su imagen vivirá en el desprecio absoluto y total en Rusia, Europa y el mundo entero. Por el otro, Trotsky no aparecerá en ningún lado como la estrella refulgente que dicen que pudo haber sido. Pero hay otra idea que el libro no dice pero que da los elementos para refugiarse en ella: si la lucha interna la gana Trotsky, los papeles se hubieran invertido y el resultado sería el mismo sólo que hubieran cambiado el papel la víctima y el victimario y la Revolución también habría fracasado. Y es que el libro juega permanentemente con esa dualidad y al final no se sabe quién es quién y todas las combinaciones son posible. Sus tres personajes son ambas cosas cosas: víctimas y victimarios.

Nadie gana en esta historia. Todos perdemos.

Hay libros que no deberían escribirse y si se escriben, no deberían leerse. A esa estirpe libresca pertenece El señor que amaba a los perros. Es un libro que nos deja sin asideras, con un desánimo que campea durante varios días. En palabras de su autor: “adónde se va Iván, (alter ego del autor) muerto en la novela… Quizás a un planeta donde todavía importen las verdades. O a una estrella donde tal vez no haya razones para sufrir temores… A una galaxia donde Iván sepa qué hacer con una cruz roída por el mar y con esta historia, que no es su historia pero en realidad lo es, y que también es la mía…”
Más desolador es imposible el presente. Por eso es probable que convenga, dándose una pausa en las actividades diarias, dar una vuelta por la casa de Trotsky en Coyoacán, y tratar de exorcizar ese ánimo de profunda tristeza que deja un libro como éste.

1  El hombre que amaba a los perros. Leonardo Padura. Tusquets Editores, S.A. 2009.

2  Realizó estudios de posgrados en: Esp. Políticas Públicas y Equidad de Género, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Planeación y Operación del Desarrollo Municipal y Regional: Metodología y Herramientas, Instituto Nacional de Administración
Pública, A.C. El Enfoque Territorial del Desarrollo Regional, ONU (FAO-FODEPAL)

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