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El Hombre de Papel

Por Thelma López

Nació en Tapachula. Estudió Contaduría Pública y
un Postgrado en Administración de Organizaciones
en la Universidad Autónoma de Chiapas. Laboró
durante 28 años en la Administración Pública
Federal. Su trabajo como escritora ha sido publicado
en los periódicos, El Sol del Soconusco y Noticias de
Chiapas. Forma parte de los colectivos “Tejedoras de
vida”, “Fraternidad Literaria bajo el Palo de Mango”,
y “Latino Escritores”.

El Hombre de Papel

Hubo un tiempo en el cual los títeres, papiros y pájaros tuvieron voz. Una tierra de suspiros e ilusiones plagada de dulces realidades.

florecí en una tienda de arte en la avenida María Izquierdo número siete. Rincón lleno de sellos, acuarelas y pinceles.

Con hilo fino costuraron puntadas de ilusión y cuero en cada parte de mi ser, me envolvieron en papel de china con listones de colores. Una tarde de verano, cuando el viento atrajo a las libélulas, fui elegido.  Aquella joven de fulgurantes ojos verdes, con sueños por cumplir, manos dulces, y espíritu emprendedor decidió unirme a su existencia, musitó en secreto su vida, plagada de duelos y pesares.

El primer viaje fue en tren. Durante tres días la máquina, haciendo ruido con su silbato, cruzó las vías férreas; en ese lapso permanecí sentado al lado de la chica. En el tiempo que duro el recorrido, ella observó los cambios en el paisaje; cada poblado llenó sus pupilas de nuevas experiencias, desde las coníferas mas altas hasta las planicies plagadas de ganado bovino, las cueles rumiaban el pasto sin cesar.

Llegué a la nueva morada en un verano del año de mil novecientos cuarenta. El paraje de la montaña nos recibió saturado de árboles y flores; usé un traje verde a cuadros de tela fina. El aroma a sándalo me perfumó, al igual que el salitre aromatizó el mar de fondo; las torrenciales lluvias humedecieron el ambiente; únicamente se escuchaba el sonido del aire azotando las ceibas y robles.

La casa que habité estaba adornada con mezclas de arbustos de diferentes tonalidades; sus ramas cubrían el pórtico simulando un abrazo. Emprendí la historia personal del peregrinaje marcado en el reloj de arena, arribé a una recámara cubierta con papel tapiz de diseños nostálgicos y colores suaves, recostado sobre el paño tejido al amparo de una lámpara de aceite de color dorado.

Las evocaciones en blanco y negro iniciaron a llenar cada página: sonrisas, bautizos, bodas, nuevos comienzos, riquezas intangibles valoradas por quienes disfrutaron los acontecimientos trascendentales.

Por las mañanas, el aroma que desprendía el oro verde convertido en café, junto con su sabor caliente endulzó el paladar de quienes muy temprano bebían el artificio para mantenerse despiertos, en tanto los encajes de las habitaciones me hacían compañía.

Como un aforismo, Alemania invadió Europa Occidental, en tanto al sur de México se construyó un latifundio de sembradíos de café a manos de extranjeros británicos y germanos.

Inesperadamente, el destino cambió. Una nueva migración: llegué a vivir a la ciudad del calor por siempre. Un aposento diminuto fue mi refugio a partir de ese día. Una sensación de desasosiego colmó el recinto. Extrañé la belleza de aquel dormitorio plagado de detalles hermosos, el reloj en el que al fondo se divisaba una ninfa, los tejidos, el jarrón de cristal lleno de rosas y la pequeña casa de madera.

Los años se acumularon como piezas de una baldosa rota sin atención; aquella energía de una mujer soltera desapareció.

De pronto me di cuenta que la llave de mi cuarto se extravió; no había un resguardo seguro. Fue entonces cuando desaparecieron partes de mi cuerpo. Me quedé sin brazos; se cayeron de uno en uno como hojas en verano sin regresar nunca al árbol. El polvo me cubrió a horcajadas.

Soy el portador de secretos antiguos, risas, felicidad efímera, testigo de pugnas, mentiras, ambición, fraudes, abusos. Durante años escuché reclamos y sollozos.

Muchas veces me pregunté en voz alta.

—¿Dónde quedó la chica joven, ilusionada, amante de la fotografía? —¿Cuál es la causa del olvido de sus sueños e ilusiones?

Con los años, la vejez entristecida se apoderó de mi ser; busqué compañía en el lugar equivocado. Las horas pasaron sin que pasara nada. En algunas noches el insomnio se adueñó de mi persona; medité en la angustia de no ser visto, de no tener presente a muchas de las memorias guardadas. Dejé de reconocer el sonido de la voz de los humanos que caminaron cerca y nunca me visitaron. Atisbé durante varias primaveras el vacío en el sillón azul; ninguna persona se sentó a leer, los libros adquirieron olor a rancio. Fue ahí cuando comprendí que las pequeñas manos, dadoras de entusiasmo, se habían ido dejándome en el absoluto silencio lleno de cenizas.

Es algo contradictorio: durante los últimos diez años, quienes me saludaron en la habitación no formaron parte de las páginas grabadas en mi organismo; son mujeres sin evocaciones o fotografías con una única actividad: “limpiar casas ajenas”.

De esta manera he visto pasar más de noventa navidades en el calendario; el mundo cambió. Escuché de la caída del muro de Berlín, la tristeza de Nepal, el hombre que caminó en la luna, países en conflicto eterno, una pandemia que devastó a la humanidad; en este espacio permanezco sin moverme, tal cual un anciano que grita en silencio.

En las mismas condiciones de abandono está la antigua máquina de escribir; en más de cincuenta estaciones prescindieron de mecanografiar en ella; desapareció el chasquido que producen sus teclas sobre el rodillo. De mi boca salieron las últimas interrogantes.

—¿Cuál será mi final? —¿Cómo terminan los entes como yo? —Yo mismo me respondo.

—¡En la basura!

— Nadie quiere a un recuerdo que no es suyo.

Sigo en el aposento abierto; únicamente soy “un hombre de papel”, los restos de un álbum fotográfico muerto en el olvido.

 

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