Última actualización el 9 de noviembre de 2018
Roberto Baltazar Márquez1
Si la política en México no está en la mejor de sus épocas, no es por el resultado de la reciente elección, que alejó las sombras del fraude, entre otros logros, sino por las formas que adoptaron los partidos políticos en una decisión fundamental. Ninguno de ellos entendió una característica elemental de la democracia: aquella que tiene que ver con la necesidad de que sean los militantes y simpatizantes los que elijan a quienes habrán de representarlos en una elección. Este fenómeno es uno de los productos de la banalización de la política.
Ninguno de los partidos tuvo la capacidad de entender la incompatibilidad que existe entre la organización pulcra de una elección y el desaseo de sus decisiones internas, que solo se sujetaron al cumplimiento de las formas que impone la legislación. Es decir, mientras el Estado da una muestra palpable de que superó las épocas de intervención en las elecciones y los ciudadanos una lección de eficacia en el cuidado y conteo de los votos, los partidos ni siquiera son capaces de cumplir una condición elemental para la representación política. Esta situación configura una situación paradójica, en la que el Estado se ubica en un mejor nivel que los partidos y éstos, por encima de sus militantes, pero no como el viejo sueño del partido hegemónico a mediados del siglo pasado, sino por decisión de cada uno de los partidos. Mientras el Estado organiza con eficacia y transparencia la contienda electoral, los partidos políticos inhiben la democracia en las decisiones internas fundamentales.
Las consecuencias de esas erradas decisiones partidistas van ahora en contra de ellos mismos, incluso de los propios partidos que ganaron la contienda, ya sea porque sus mismos militantes les habrán de exigir mayores y mejores niveles de participación o porque tendrán que entrar en procesos de reconstitución o refundación.
Cada partido está obligado a dar una correcta lectura a lo recién acontecido, y actuar bajo la premisa de trastocar hasta los cimientos sus mecanismos internos de participación, deliberación y decisión. Lo deben hacer, ya sea para intentar la sobrevivencia de su instituto o para darle sentido democrático a su mayoría. El objetivo en cada uno debe darle al respaldo popular un mayor valor político, al no poder ser un asunto de disputa ideológica, porque, salvo el PAN, en los demás partidos la ideología se diluye amargamente; se trata de encontrar simpatizantes auténticos para ser una opción política válida, por un lado, y no correr, por el otro, el riesgo de desaparecer.
Por esta vertiente abordada podemos hablar de tres tipos de partidos: los de dirigencia fuerte o endeble, y los partidos negocio, por lo que vale la pena esbozar algunas características de la deuda democrática que tiene cada uno.
Partidos de dirigencia fuerte. El caso Morena
Aunque tiene el registro de partido político pues cumple los requisitos para su funcionamiento como tal, en realidad funciona como un movimiento. Desde su fundación, se estructuró como mecanismo de legitimación de las decisiones unipersonal de su dirigente único. Éste tiene, en consecuencia, un control férreo en cualquier ámbito de decisión y de un plumazo puede frenar cualquier rebelión interna que se suscite o derrotar cualquier carrera política que lo amenace. No se tiene registro en ninguna etapa del México independiente, de un control tan desmesurado de un hombre sobre un partido, un gobierno o una grey, ya sea dentro del Estado o fuera de él.
A pesar de que ganó ampliamente la elección, el partido tiene la necesidad de transformarse para hacerse de una base social auténtica y replantear los trabajos de afiliación, capacitación y organización, especialmente porque necesita desterrar la ilusión, siempre asequible, de la facilidad con la que los candidatos llegaron al triunfo. Aunque, más importante aún, es la participación comprometida de auténticos militantes que vaya más allá de las redes, porque ese trabajo es el único antídoto contra políticos advenedizos que tienen a la política como trampolín. Está a la vista que carga con personajes que no ayudarán al líder y pueden, además, operar en su contra.
Su dirigencia formal funciona exactamente igual que en el PRI porque responde a las órdenes del líder supremo, pero en Morena tiene mayores dimensiones toda vez que si cualquier dirigente, independiente de su nivel de mando, intentara romper la disciplina interna, siempre necesaria, puede argumentar que solo el líder máximo lo puede mandar, cosa que en el PRI era impensable.
El triunfo de Morena será efímero si no es capaz, entre otras cosas, de cambiar las condiciones de sus liderazgos internos de manera que cree estructuras eficaces con militantes reales; su reto es pasar de ser el partido del caudillo, como lo es de su fundación hasta hoy, a partido de masas estructuradas a partir de la organización, una en el que el poder se legitime en las bases y no sea impuesto desde arriba, circunstancia de la que se encuentra verdaderamente lejos. Además, en Morena pueden darse tentaciones autoritarias que lleven al líder hacia los territorios de la reelección o la reelección simulada, a través de alguno de sus familiares. En el corto plazo, Morena tiene a su peor enemigo en la soberbia ante el triunfo y no entender su verdadero significado, que no es sino el producto de un solo hombre, en el que no tuvo influencia nadie más.
Este partido no puede seguir tan cercano al modelo de partido que impuso el PRI hace 90 años, por el hecho simple de que la dinámica social es tan acelerada que no permite ese ritmo pausado, cansino, en las que el conflicto se barre debajo de la alfombra o se aplasta y se hace posible la existencia de un partido hegemónico. El PRI pudo dominar 70 años la escena nacional en razón de que la dinámica social avanzaba con lentitud, dado el sojuzgamiento de la condición ciudadana de sus habitantes. Todas estas son circunstancias de la política que no se asemejan en nada a las que hoy prevalecen.
Partidos de dirigencia fuerte. El caso PRI
Al perder la elección en el 2000, era casi unánime la creencia de que el PRI desaparecería. Hoy, también hay voces en el mismo sentido, pero más como una posición de rencor que por condiciones objetivas. A pesar de ello, el PRI sí tiene en su horizonte pasar a ser un partido más, uno que aspire al 15% de los votos y se conforme con algunas presidencias municipales y pocas gubernaturas.
En el PRI falló todo: gobierno, presidente, partido, dirigencia, candidato, gobernadores, dirigencias locales, militancia. Se rompieron todos los mitos a su alrededor y dejaron de tener vigencia los conceptos huecos con los que se maneja desde hace 20 años. Sin embargo, la razón principal de la derrota del PRI es el desprestigio de su clase política en todos los ámbitos, desde el más alto nivel del gobierno, hasta el último militante del último municipio.
En el PRI aún no se percatan de la enorme distancia que abrieron con la ciudadanía, producto de la ausencia de un proyecto actualizado de reforma social y de los agravios que se han cometido en el ejercicio de gobierno. Los viejos lobos de la política manifiestan ahora, queriendo pasar por ingenuos, que la derrota se debió a una operación política errada y, así, desviar la atención de lo importante: la refundación. Lo que quieren es apropiarse del partido, de la marca, y usufructuarlo nuevamente en su favor.
Es ésta la asignatura más importante que el PRI tiene por delante. Saber qué grupo se impondrá para tratar de dar nueva vida a un partido que tiene a su favor poco más de 6 millones de personas que, a pesar de todos los pesares, votaron por su candidato. Ese número es un dato al que debe otorgársele una correcta lectura, es importantísimo para la reconstrucción del PRI y debe considerase como su único activo. ¿Quién lo activará? Ésa es la pregunta y en su respuesta está la posibilidad de su sobrevivencia.
Partidos de dirigencia débil. El caso PAN
El grave pecado en el PAN fue no respetar un acuerdo interno básico y no escrito: su presidente en funciones no contiende por la presidencia de la República. Ese acuerdo unilateralmente roto, propició una honda división y debilitó a un presidente que se llenó de ambición y nulificó a quienes quisieron combatirlo internamente.
Los efectos de la decisión fueron inmediatos, pues alejó a un grupo de simpatizantes de número indeterminado y propició una candidatura independiente que si bien no prosperó, sí tuvo efectos entre los segmentos más conservadores del partido, los llamados doctrinarios. Y es que en el PAN sí hay una disputa real de poder entre esas dos corrientes históricas: doctrinarios y pragmáticos, que se han enfrentado, a veces con lealtad y en otras con malas artes, como ahora, pero representan a un partido que se mueve entre esas dos aguas y sus pasiones nunca se desbordan, excepción hecha de 1976, que le impidieron participar en las elecciones presidenciales.
No está de más decir que los supuestos actos de corrupción de su candidato no abonaron en el sentido deseado, sino que fueron contraproducentes y fortalecieron al líder en las encuestas. Es decir el cálculo erró en dos sentidos: el de la culpabilidad y el del beneficiario. Dados los resultados de la elección, entra en lo posible que la investigación en contra del candidato se desestime y archive para siempre.
Así funciona el poder en México. La debilidad de la dirigencia del PAN es apenas temporal. Tiene a su favor un buen andamiaje para resolver sus propios conflictos, aunque en su contra opera la ausencia de figuras reconocidas y de prestigio; la alianza electoral con la que operó en último lustro es posible que en el futuro pueda significarle un lastre; en tanto que su base electoral no sufrió alteraciones significativas y es su fundamento para iniciar un proceso de cambio institucional.
Partidos de dirigencia débil. El caso PRD
EL PRD nos ofrece un espectáculo indeseado por morboso, y todos tratamos de adivinar o proponer en qué momento se firmará su acta de defunción. Los perredistas pagan ahora ese afán eterno de división, de grupúsculo, de tribus, que todo lo que persiguen es desestabilizar y aspirar a aparecer como un grupo cuando apenas son corrientes con dos docenas de personas de intereses ventajosos para ellos. En sus tiempos de esplendor, en el PRD se vanagloriaban de sus tribus y hoy se dan cuenta que son la causa de su inminente desaparición. En su pereza congénita, intentaron suplir el trabajo político con la alianza con el PAN y, aunque se percató que era el patito feo, prefirió jugar a la comparsa que hacer un trabajo político real. Hoy paga las consecuencias de esas decisiones.
El PRD inició su debacle en el momento que AMLO se dio cuenta que no podría hacerse del control al no poder controlar a las tribus y al encono con el que se le enfrentaba el grupo mayoritario que lo controlaba. Al salirse, el PRD perdió su único activo y la brújula política y no ha hecho otra cosa que descender en las preferencias electorales, tan es así que según el PREP, apenas llega al 2.87% por lo que ronda el umbral del 3% necesario para conservar su registro. El debate real en el PRD debe ser si efectivamente vale la pena que se conserve como partido político o fundar otro que ocupe una franja de la geometría electoral que ahora no tiene ocupante: la izquierda. Que lo emprenda dependerá de encontrar un hombre o una corriente, como hace 30 años. Hoy no los tiene y no se ve grupo o persona que pueda emprender tan formidable tarea; no tiene entre sus haberes a una persona luminosa. Si no lo hace, otros pueden atender esa tarea: un PRI refundado o Morena si se convierte en partido político.
Partidos negocio
Si el 3% es el umbral que da acceso a la participación de las organizaciones políticas, tanto Panal como el Verde, están seriamente expuestos quedarse muy debajo de él. Viven también en esa zozobra el PES y el PRD, aunque están más cerca de llegar a ese techo. Es importante revisar las condiciones y los porcentajes por los que los partidos deben acceder al juego electoral. Es sabido que los partidos representan a los ciudadanos y lo hacen en términos de su ideología y las banderas que enarbolan; bajo esas condiciones, los partidos son indispensables en la vida pública. México es tan heterogéneo que no puede conformarse con el modo norteamericano de dos opciones, necesita algunos más que reflejen el pueblo complejo y diverso que somos, su multiculturalidad que necesita sus propios canales de expresión, hace falta, por ejemplo, un partido indigenista. En México sabemos respetar a las mayorías y debemos aprender a hacerlo con las minorías. Al final la política es la arena en la que mejor se dirimen los problemas y en la que mejor se sabe lidiar con el conflicto.
Esta necesidad se ha pervertido en las últimas décadas y tenemos, por ejemplo, al Partido Verde Ecologista de México como la muestra viva de la política al servicio de una familia que recibe todas las canonjías y no son capaces ni siquiera de formar una agenda articulada en los asuntos de la ecología, por ejemplo. El revulsivo contra ellos es hacer más rigurosa la Ley de Partidos de manera que no se permitan las prácticas que beneficien a familiares aunque, el más importante es subir el umbral del registro a 5% de la votación efectiva.

1Realizó estudios de posgrados en: Esp. Políticas Públicas y Equidad de Género, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Planeación y Operación del Desarrollo Municipal y Regional: Metodología y Herramientas, Instituto Nacional de Administración Pública, A.C. El Enfoque Territorial del Desarrollo Regional, ONU (FAO-FODEPAL)

