Última actualización el 19 de noviembre de 2020
Rafael Molina Matuz

Personajes Populares de Tapachula (1940 – 1960)

La escuela preparatoria “Lic. Miguel Alemán Valdés” de Tapachula al organizar en el año 2019 la semana cultural para festejar el Centenario de dicha institución, convocó a los egresados que tuvieran deseos de participar en esta importante actividad, ya fuera para dictar una conferencia, presentar un libro, o bien, compartir sus experiencias profesionales a los jóvenes estudiantes. Rafael Molina Matuz fue uno de los ex alumnos invitados a la referida semana cultural por lo que se dio a la tarea de consultar con sus amigos del tema que consideró que sería atractivo para los estudiantes. De esta manera recobraron vida: El Chinampón, Cieguito Molina, La Tinona, Choreja de Oro, La Chiveta, Maestro Becerra, El Cacahuate, Jorge Rivero, La Sirenita, Abraham Carballo, El Aguilita, Joaquín El Taquero y otros más. Rafael comenta que todo lo narrado le consta porque los conoció, a excepción de María Herrán, a algunos los trató personalmente en los años que estudió en la preparatoria.

“EL CHINAMPÓN”
Era un señor fuera de lo común. Padecía gigantismo, medía más de dos metros, su figura imponente impactaba, su piel color africanoide, vestía overol con sus clásicos tirantes. Invariablemente se encontraba en la esquina de la Farmacia El Águila frente al parque central, vendiendo el Calendario Galván y otros libros; actividad encomiable ya que fomentaba la lectura.
Pregonaba que dicho calendario es el más antiguo del Mundo, contiene información valiosa desde el punto de vista histórico, astronómico, físico; indica el movimiento de los astros, del satélite de la tierra, de las constelaciones, es decir, promocionaba bien su mercancía. A pesar de los altos decibeles que en el transcurso del día se producían por los automotores, carros de sonido, diferentes gritos de transeúntes; la voz fuerte y ronca de El Chinampón, se dejaba escuchar.
Al término de la jornada se retiraba rumbo a su domicilio por el parquecito 16 de septiembre. Por su altura y peso se bamboleaba como péndulo, al caminar. Quienes se cruzaban en su camino le saludaban con respeto
Por información proporcionada por Aníbal Escobar, este respetable señor fue papá de dos eminentes abogados: Gregorio Goyo Ramos y Francisco. El primero fue campeón de lucha grecorromana en la UNAM y condiscípulo de Miguel de la Madrid, quien siendo presidente de la República y estando en gira de trabajo por Tapachula, le invitó a colaborar; el licenciado Ramos, rechazó gentilmente la invitación.
Por su parte, Francisco impartió clases de inglés en la secundaria Miguel Alemán, turno matutino, al igual que Gregorio, pero este último en la nocturna daba la materia de Civismo. Antulio Fernández agrega que hubo un tercer hermano de nombre Jesús.
El Chinampón, de quien desconozco su nombre de pila, también tuvo dos hijas que estudiaron la secundaria, la que en aquél entonces era la única escuela.

“EL CHOREJA DE ORO”
Joven trastornado de sus facultades mentales con orejas demasiado grandes. Nunca supe sus apellidos y cuál era su verdadero nombre. Regularmente merodeaba por el mercado “Sebastián Escobar” ofreciéndose para cargar bolsas y canastas de las señoras que iban hacer sus compras, ganándose de esta manera la vida. Era unos mil usos, se acomedía en todo.
En cierta ocasión, mi papá le ofreció trabajo como chalan en un camioncito Ford de su propiedad. Era costumbre lavar vehículos en el río y un fin de semana llevó al Texcuyuapan a asear la unidad, haciéndose acompañar por mi hermano José Amín, el Chorejas y yo.
Metió el camioncito bajo el puente a la mitad del cauce, e iniciaron a lavarlo; mientras yo, cuya edad no rebasaba los seis años, únicamente observaba. Pasado un determinado tiempo, de repente, se empezó a escuchar un ruido muy fuerte y alguien gritó a todo pulmón: ¡La creciente! Efectivamente, el agua represada en la parte alta de la montaña, venía descendiendo estrepitosamente, arrastrando lo que encontraba a su paso: piedras, árboles, animales etc.
Mi padre, ordenó a mi hermano y al chalancito salieran del río, se subió al carro para echarlo andar y retirarlo del peligro, no logró hacerlo porque el carburador tenía agua, como se dice coloquialmente: estaba ahogado. En su desesperación, pidió al Chorejas le apoyara con el cran, pero tampoco fue posible. Se bajó rápidamente del vehículo y tratando de salvar su patrimonio, vi cuando hizo el intento de levantarlo por la defensa delantera y las venas de sus brazos y cuello se dilataron a punto de reventarse. Sentí en ese momento que Supermán si existía.
Afortunadamente, llegaron en su auxilio otros camioneros que también lavaban sus unidades y entre todos retiraron el forcito, modelo 39. El susto fue mayúsculo.
Según versión proporcionada por Jaime Cruz Anaya, el sobrenombre o apodo le venía porque cuando regresaba a su casa, por lo general iba cantando o tarareando una canción española denominada: El Choreja de oro.
“LA CHOLINA”
Señora entrada en años cuando la conocí. Tenía su negocio de enchiladas y pollo juchi en una cochera ubicada en la tercer poniente, frente al restaurante chino La Flor de México.
Era famosa por lo bien que preparaba sus alimentos. El mole, condimentado de tal manera no provocaba malestares estomacales, por ello, no había enchiladas más exquisitas que las de La Cholina. Además de sabrosas, las presentaba elegantemente aderezadas con repollo fresco bien rebanado, queso doble crema seco, chile jalapeño avinagrado. Umm… Bon apetit.
Nuestro dilecto amigo Jorge López Ventura, enriquece esta versión diciendo que Jorge Duque, excelente promotor deportivo, que poseía un vozarrón el cual utilizaba para su actividad, fue hermano de La Cholina y por extensión se le conocía con el mismo sobrenombre. Por otra parte, a uno de sus hijos de la señora le apodaban La Garnacha. ¡Toda una dinastía gastronómica!
Como dijera el poeta Sabines: Yo no lo sé de cierto… parece ser que sus descendientes continúan con la tradición en la 8ª. Avenida sur, cerca del Panteón viejo, donde se localizan diversos negocios de este tipo.
¿Conservarán las enchiladas y el pollo juchi la exquisitez de antaño?
¡Al saber!
“EL CIEGUITO MOLINA”
Se le localizaba sobre la acera de la Farmacia El Águila, haciendo el uno dos con el Chinampón. Siempre estaba acompañado de una señora que todos considerábamos su esposa.
Everardo Espinosa, comenta que vendía billetes de la Lotería Nacional y atraía la atención de los transeúntes tocando melodías con una violineta –hoy le llaman Armónica- Los días domingo, cantaba corridos acompañado de su guitarra y los vendía a veinte centavos y no eran precisamente de Sal de Uvas Picot, este último dato lo aportó Orlando Fernández.
Como apéndice, diré que el cancionero Sal de Uvas Picot lo imprimía la empresa que elaboraba este producto medicinal que ayudaba a la digestión, sobre todo, a quienes padecían gastritis y lo distribuía gratuitamente todos los años en forma masiva. Obviamente cada número traía las canciones de moda. Los protagonistas eran Chema y Juana.
Pero retomando el tema, en ocasiones, el cieguito se pasaba de rosca porque cuando su intuición le indicaba que frente a él venía una dama, con el pretexto de su ceguez se abalanzaba con ambas manos abiertas a la altura de los senos, obviamente con la intención de tocarlos ¿o acaso… acariciarlos?
Tuve siempre la duda: ¿De verdad, era ciego, lépero, abusivo, tentón o amante de la belleza?

“LA CUCA”
Al igual que muchos de los personajes populares tapachultecos, se desconoce el nombre de este señor, homosexual, por cierto, que era muy conocido por ser propietario de un burdel o casa de citas. Tuvo varios domicilios, pero el que recuerdo, estaba ubicado en la 9ª. Av. Norte casi esquina con la Calle Central Oriente, allá por los años cincuenta del Siglo pasado.
Lo tengo en mente porque mis padres habitaron una casa que les alquilaba Doña Lola, ubicada en la Calle Central Oriente, que con el tiempo y al dejarla mis papás, se convirtió en una tienda de abarrotes muy afamada: La Macarena, cuyos propietarios eran de origen asiático.
Bien, decía que no se me olvida porque una de las damas de la vida galante tenía un hijo de más o menos cinco o seis años, que era la misma edad que yo frisaba, se le conocía por Tito, con quien compartía juegos infantiles.
Mi padre, en ocasiones, nos trataba de enseñar box y nos ponía a tirarnos golpes. Tito, normalmente ganaba. Pasaron los años y cada quien tomamos distintos derroteros.
Por cuestiones del destino, estando en tercer año de secundaria nocturna en la escuela Lic. Miguel Alemán Valdés, que este 2019 celebra sus primeros cien años de existencia; Tito ingresó a primero. Una tarde, jugando “cascarita” en la calle, Tito militaba en el equipo contrario y a propósito buscaba la manera que me atacara para tener pretexto de retarlo a darnos un “entre”, pero él inteligentemente me rehuía.
Antulio Fernández, me proporcionó los siguientes datos: Tito Ocampo (aquí me enteré de su apellido) tuvo un final trágico. Siendo adolescente y con los genes que seguramente influyeron, mantenía relaciones sexuales con una señora que regenteaba un prostíbulo llamada América Monzón y al mismo tiempo “sub mecatum” también lo hacía con la pareja de esta dama, que era homosexual.
Al darse cuenta ambos que eran sujetos de engaño, decidieron matar a Tito.
Con argucias lo llevaron a las playas de San Benito y lo “embolaron”. Antes de quitarle la vida, lo torturaron, le cortaron el pene y se lo introdujeron en la boca. Fue un crimen atroz, muy comentado por aquellos años. Su cadáver fue descubierto por un perro callejero.
La pareja asesina fue sentenciada y recluida en la famosa cárcel llamada El Criminal, lugar donde resguardaban a los y las delincuentes más peligrosos. Se desconoce qué final tuvieron.
“LA SIRENITA”
Se vestía con pantalones exageradamente ajustados hasta las pantorrillas, como los pescadores y camisa amarrada por un nudo de la misma prenda arriba del ombligo. Cuerpo delgado, cintura angosta y cadera proporcional; por lo que es el origen de su apodo: La sirenita.
Trabajaba como mesero en la cantina El Piquete –aún no se les llamaba bares-
Muy temprano, todos los días iba de compras al mercado “Sebastián Escobar” portando una canasta en el brazo, al igual que lo hacen las mujeres; a mercar los comestibles para las botanas.
Su andar, muy cadencioso y una sonrisa a flor de labios, atraía la atención de quienes se topaba en su camino, fueran hombres o mujeres. El (ella) sabía lo que provocaba, por eso se esmeraba en la coquetería.
“LA TINONA”
La siguiente anécdota yo lo presencié en el Parque Central “Miguel Hidalgo” de Tapachula, la otrora Perla del Soconusco.
Estaba de vacaciones y fui al centro para que me “bolearan” los zapatos. Aproximadamente, si mal no recuerdo, serían las once de la mañana. Me senté en una de las bancas de cemento cuyo respaldo tenía la siguiente leyenda: Donada por la familia Furukawa.
Me quedó de frente el antiguo Palacio Municipal, hoy Casa de la Cultura y observé cuando salía por la puerta principal una señora demasiada obesa, gorda, galana o como gusten llamarla.
Hizo señas para detener un Taxi y resultó ser un Opel compacto que manejaba el famoso Pepito. Al subir la señora, a quien el pueblo la conocía con el sobrenombre de La Tinona, claramente vi cómo el vehículo se inclinaba por el lado donde se acomodó la dama en cuestión.
El vehículo arrancó, avanzó hacia la esquina y dobló a la derecha. Fueron menos de cincuenta metros de recorrido cuando ¡Estalló la llanta! Increíble…pero cierto. Calculo que su peso oscilaba entre ciento cincuenta y ciento setenta kilos.
La Tinona, tenía un negocito clandestino de venta de cerveza por la 6ª. Av. Sur entre la 8ª y 10ª poniente. Allí se daban cita muchos taxistas. En días festivos, cuando la gente abandonaba la ciudad y se trasladaba a San Benito, nombre original de Puerto Madero, la señora hacía lo mismo e iba a instalar su negocio allá, ya que le redituaba mejores ganancias.
Dice Antulio Fernández, que una Semana Santa que la dama en comento esperaba la camioneta* Paulino Navarro, ésta iba hasta el tope de pasajeros; por lo que cuando le hizo la parada, el boletero agitando la mano desde el estribo le grito: Ya no, va llena. Ipso facto, encabronada y con mucha gallardía la señora le contestó: ¡¡Ballena tu chingada madre, a mí me dicen La Tinona!!
*Con este nombre se conocía a los actuales autobuses.
“LA CHIVETA”
Mi padre me contaba que don Bruno Mijares, migrante español, llegó a Tapachula a mediados de los años cuarenta huyendo de la guerra civil en su país; se ganó la simpatía y confianza de los tapachultecos por su bonhomía, honradez y tesón.
En poco tiempo se hizo de cierto prestigio, en virtud, supongo, que rescató algún capital que le permitió construir una mansión ubicada exactamente donde inicia y termina –depende el sentido- la Calle Central Oriente. Existe en la actualidad la Y. Un extremo te conduce a la zona militar y el otro rumbo a Guatemala, asimismo, adquirió una finca cafetalera por la zona de Tuxtla Chico-Cacahoatán.
En dicha residencia vivía sólo Don Bruno, acompañado de una exótica flora y fauna: Pavorreales, Gallaretas, Pijijis y en aquél entonces (1950-1951), flores como la Hawaina, desconocida para nosotros y la palma tipo abanico. Se decía también tenía una enorme Boa constrictora, pero yo que vivía cerca y en ocasiones asomaba mis narices para observar al Pavorreal, nunca vi la culebra. Creo, más bien, hizo correr esta versión para ahuyentar a los ladrones.
Una señora y su hija menor de edad, por cierto, bonita; cotidianamente llegaban hacer el aseo de la casa grande. Atender el jardín y mantener a los animalitos.
El Señor Mijares, es importante mencionarlo, fue quien introdujo por primera vez una planta eléctrica y al paso del tiempo también instaló la fábrica de hielo, dando empleo a varias familias, por lo que repito, se ganó la simpatía y confianza de los huacaleros.
Al transcurrir los años, aquella niñita que ayudaba a su Mamá en los quehaceres domésticos, se hizo una hermosa señorita. De tez blanca, rubia, caireles y, verla todos los días, don Bruno se enamoró de ella. No hubo boda oficial, simplemente se dijo que la güerita, era la mujer de la casa.
A partir de entonces vivió enclaustrada. Jamás se le vio salir de la “Jaula de Oro” y finalmente Don Bruno murió y ella fue la única heredera. Es en estas circunstancias que aparece el hermano desconocido: La Chiveta.
Era un joven igual como su hermana, blanco o güero y de cabello rubio. Andrógino. El nombre de pila lo proporcionó Orlando Fernández: se llama o llamaba Guillermo Espíndola, conducía un vehículo muy elegante: Fairlane, semideportivo de la marca Ford, sin capacete.
De La Chiveta, se comentó allá por el año 1961, lo siguiente: Un taxista lo insultó -de carro a carro- gritándole improperios y aquél le respondió de igual manera. Acordaron estacionarse y darse de golpes. El chofer del taxi, más grande y creyéndose más hábil que el novel, lo arremetió con alevosía y ventaja, sin embargo, éste esquivó la embestida y terminó propinándole una golpiza, al grado que el chafirete suplicaba que ya no lo golpeara más.
Así era Guillermo Espíndola, vivió con lujos, sin trabajar, vestía camisas con gran colorido, pantalones ajustados y “tuncos” (arriba del tobillo) calcetas y zapatos de charol, gracias al dinero que heredó su hermana*; que como dijera nana Goya: Esta será otra historia.
*Datos proporcionados por el Lic. Mónico García.
EL SEÑOR RIVERO.
De este señor poco podemos mencionar, salvo que su popularidad por aquellos años, se debía a que todos los días, a diferentes horas y por todos los rumbos de Tapachula, se le veía anunciando el espectáculo circense, la función de cine, box o lucha libre.
Obviamente no podía faltar el mitin político, los bailes del Country Club o el fallecimiento, rezos y novenario de algún ciudadano o ciudadana que se había adelantado al Mictlán.
Decía la vox pópuli que era androcanóico, no lo vamos a juzgar. Lo que sí podemos afirmar, es que en aquél entonces era el medio de difusión más económico y por lo tanto quienes necesitaban publicitarse recurrían a él. Tenía su carro, lamentablemente no recuerdo ni la marca ni el modelo, con dos bocinas en el capacete. Una lanzaba el sonido hacia adelante y la otra hacia atrás.
Lo destacable de este personaje, es que personalmente leía los boletines que él escribía y su voz se hizo inconfundible. Tenía su chofer que manejaba. El señor Rivero, parece ser que se llamaba Jorge, según me dijo Felipe Arellano, cómodamente iba en el asiento trasero trasmitiendo los mensajes y se daba su tiempo para saludar “caballerosamente” con un guiño, a los jóvenes
Ya estaban al aire las estaciones de radio XETS y XEKQ, pero el costo por la propaganda resultaba cara, por lo que la mini empresa “Publicidad Rivero” permanece en la memoria de quienes la conocimos o contratamos.
EL MAESTRO BECERRA.
Se le veía caminar por todo Tapachula, cuando todavía se podía encontrar varias veces a la misma persona en diferentes horas y lugares.
Lo anterior, porque el maestro Becerra era instructor de Bandas de Guerra en las escuelas y se veía obligado a trasladarse de una a otra. No tenía vehículo, supongo que por varias razones:
- a) Su sueldo no le alcanzaba para comprarse uno.
- b) Tal vez no sabía manejar.
- c) Era un verdadero lujo, que solamente la clase alta se daba.
- d) La ciudad no era tan grande, como en la actualidad.
- e) NO QUERIA VEHICULO.
Había algunos aspectos que caracterizaban la personalidad del maestro Jorge Becerra Robelo; nombre completo aportado por Gilberto Rosales, quien lucía cuerpo de atleta, no era alto, más bien chaparrón, pero lucía una musculatura de fisicoculturista que impresionaba. Su cabello quixhquin* era color rojizo, como el actual campeón de box Canelo Torres.
En la escuela Leona Vicario, preparaba a los niños y niñas como instructor de deportes. En los desfiles cívicos escolares del Día de la Bandera, Cinco de Mayo, 16 de septiembre o 20 de noviembre, el maestro Becerra con mucha gallardía y disciplina castrense, dirigía la Banda y Escolta de Guerra de la escuela en turno.
Su rostro enrojecido por los rayos solares, sudando copiosamente, su uniforme traslucía el esfuerzo que este ilustre personaje imprimía a su actividad.
No dudo que inspiró algunos jóvenes para que hicieran deportes y ser como él, o bien, tener el cuerpo de Charles Atlas, mítico personaje estadounidense que se hizo millonario vendiendo su método de Tensión Dinámica.
*Corto, casi a rape.
“EL CACAHUATE”
Jamás se le veía sólo. Siempre acompañado por su guapa esposa. Qué digo guapa, guapísima señora.
El maestro Manuel Avendaño*, popularmente conocido por el sobrenombre de El Cacahuate según parece, era originario de Comitán, Chiapas. Por su trabajo como instructor de educación física de escuelas primarias arribó a Tapachula y se quedó para siempre.
Caminaba, caminaba y a todos saludaba siempre con una sonrisa. Se ganó el cariño y simpatía de los ciudadanos por su don de gente. En ocasiones, le tocó arbitrar juegos en torneos inter escolares de Básquet Ball en las canchas del Country Club o de la escuela Teodomiro Palacios (cuando se encontraba donde actualmente está la presidencia municipal)
Su hija María Eugenia, cariñosamente conocida como Kena, hermosa como su madre, fue nuestra candidata de la Escuela Secundaria Nocturna a Reyna de la Primavera, allá por el año 1961. Contendió contra la chinita Cantú, postulada por una organización de riquillos, quien a la postre resultó triunfadora con fraude electoral (Ya se acostumbraba). La grey estudiantil protestó y se armó una gresca en el Parque central Miguel Hidalgo, donde se volcaron carros; hubo balazos, heridos y encarcelados.
Aún perviven en mi memoria esos acontecimientos. Saludo con cariño y respeto donde se encuentren a Manolo Dávila, Dante Bonino, Luis “El Gato” Barrios, Jesús Orellana, Rubén Darío y Ricardo Nettel.
El otro hijo o hijastro, no llevaba el apellido del maestro Avendaño, ocupó por breve tiempo, la gubernatura del estado de Chiapas. Sin pena ni gloria.
*Nombre proporcionado por el Dr. Gilberto Rosales.
“EL CHINITO”
Cuándo, cómo, con quién y porqué apareció en Tapachula es un misterio. Pero todos lo conocíamos como el chinito vende chicles.
Deambulaba por las calles céntricas de la ciudad. No se alejaba demasiado. Dormía en cualquier pórtico y vestía miserablemente. Durante las horas de la mañana siempre traía consigo una cajita de gomas de mascar que ofertaba a los transeúntes: “ChÍquele, chÍquele” se le escuchaba decir y por las tardes, se apostaba regularmente a la entrada del Cine Figueroa.
Sus pies descalzos, muy maltratados por el caminar constante en las ardientes avenidas y calles, los traía envueltos con papel periódico y cartón, amarrados con pita*.
Mi sagrada madre, en alguna ocasión que le pregunté sobre este personaje que nos ocupa, me platicó la siguiente versión: Que era originario de La Gran China y había llegado a Tapachula, como muchas otras familias asiáticas procedentes del norte de la república huyendo de los malos tratos de que eran objetos por los integrantes de la Liga anti chinos.
Estaba en construcción la línea férrea que uniría a la costa chiapaneca con el resto de la República, en la época porfirista, aprovecharon para contratarse como peones o cocineros y de esta manera muchos se quedaron a vivir en varios municipios, la mayoría en Tapachula.
Aquí, por su gran capacidad de trabajo, solidaridad y unión entre ellos, establecieron negocios de restaurantes, tiendas, lavanderías y también casinos al margen de la Ley. La comunidad china era un círculo hermético y en cierta medida homofóbico; ya que no permitían que sus connacionales hicieran pareja con mexicanos o mexicanas.
Adquirieron un terreno donde construyeron un edificio para albergar el Kuo Min Tang “Partido Nacionalista Chino” simpatizante de Chiang Kai Shek. Actualmente local y terreno están en litigio.
Pues resulta, continuó explicándome mi Mamá, que el chinito resultó un bueno para nada, acabó el capital de su familia en los juegos, apuestas y consumo de Opio, al grado que bajo el influjo de la droga mató a su progenitora.
Por esta razón, la comunidad china le cerró todo tipo de ayuda, lo marginó completamente para que sirviera de escarmiento y ejemplo a los demás.
Sin embargo, nuestro amigo Roberto Fuentes Sam, aclara y dice que no era chino sino coreano, por ello, la comunidad china no lo rehabilitó. Por otra parte, Aníbal Escobar, comenta que la letanía para vender, decía: Chíquele, úcere que al traducirlo significa: chicles, dulces.
*Cáñamo.
“EL NEVERO”
Algunos decían que su procedencia era oaxaqueña, otros de Guatemala y los menos, que llegó desde El Salvador. La verdad no se supo a cabalidad.
Pero del famoso nevero sí sabíamos a ciencia cierta que todos los días llegaba a Tapachula a vender su producto súper riquísimo: La nieve de leche sabor a vainilla.
Varias veces me tocó presenciar que al filo de las 10:30 hrs. descendía de la camioneta Unión y Progreso” procedente de Cacahoatán. Primero bajaba él, se colocaba el Yagual* se apretaba el mecate que portaba en la cintura y con la ayuda de otro pasajero, se echaba el bote de nieve a la cabeza.
Usaba huaraches, era colocho, de tez cobriza.
El punto donde arribaba era la Calle Central Oriente con 7ª. Avenida Norte, es decir, frente a la Escuela Primaria “Miguel Ramos Millán”. Caminaba rumbo a la Prepa y exactamente donde se encontraba la embotelladora de refrescos “La Tapachulteca” daba a todo pulmón el primer grito –por eso se hizo famoso- YA LLEGÓ LA NIEVE. Por el esfuerzo realizado, la cara se le ponía roja, roja.
Continuaba su marcha hasta llegar frente a la puerta de entrada de la Miguel Alemán e iniciaba la venta. Los jóvenes se arremolinaban a su alrededor para obtener el preciado y rico helado; no dudo que algunos se iban sin pagar.
Nuestro personaje continuaba su peregrinar, pregonando su exquisito producto; el cual servía en barquillos y en la parte superior de la nieve le ponía una pequeña porción de mermelada, que en aquél entonces era novedad; vaya, ni la nevería Irma tenía este plus. Una vez terminada la venta, por la tarde noche se le veía abordar nuevamente el vehículo de retorno, pero ya iba bien flameado. Eso era una constante y nunca falló al día siguiente.
La frase “Cómo es pequeño el mundo” es una gran verdad. Juzguen:
Actualmente (2019) radico en Berriozábal, Chiapas. Aquí vive don Álvaro Córdova Domínguez, nevero de oficio. Nació en Acapetahua, pero desde muy niño se fueron a radicar a Cacahoatán. Charlando con él, me comentó que su maestro para elaborar nieve fue el señor Eleuterio Victorio, originario de Oaxaca.
¡Nada más y nada menos que el personaje motivo de esta narrativa! Después de sesenta años, supe el verdadero nombre de nuestro nevero favorito en la secundaria.
No omito decir, que don Álvaro conserva el sabor tradicional que bien aprendió, así como también la forma de mantenerla en los botes dobles y el meneado. Utiliza hielo de barra (no de cubitos) sal granulada para que no se derrita pronto. Lo que le faltó aprender o su mentor no quiso tener competencia fue el grito de guerra: ¡¡ YA LLEGO LA NIEVE!!
*Turbante circular grueso, hecho de tela. Se coloca sobre la cabeza para amortiguar el peso y molestias.
“EL AGUILITA”
Mientras estudié la secundaria en los años 1959-1961, no conocí en persona a este personaje muy singular. Sabía de su existencia por las pláticas que escuchaba de las personas mayores, incluyendo a mi hermano José Amín (+), quien fue el que me ilustró sobre Juan Aguilar.
Juan, era enfermero empírico y el único que practicaba las autopsias en el Hospital Civil Carmen de Acebo, es decir, no había médicos forenses. Era de baja estatura, no rebasaba el metro y medio, delgado y pelo lacio. Por su poca alzada, se veía en la necesidad de subirse a un banquito –exprofeso- para alcanzar la plancha de concreto donde se encontraba el cadáver e iniciar su “trabajo”
Continuó diciendo mi hermano, que cuando lo anterior se desarrollaba, le daba por cantar la siguiente melodía: “Yo soy el águila negra/Pa’lo que ustedes gusten mandar/Amigos soy de los hombres/ Y de las mujeres, pos’ya ni hablar”. De ahí le surge su apelativo, sobrenombre, apodo o seudónimo.
Además de la cantada era bohemio de corazón, pero tengo entendido que no bebía. En los concursos que organizaban las radiodifusoras: La hora del aficionado, siempre participaba.
Mucho tiempo después lo conocí y nos hicimos amigos. Sabedor de su afición por el canto, le sugerí que compusiera una canción con los nombres de las cantinas y bares más antiguas de Tapachula. Le gustó la idea.
En una de las ocasiones que visité al Lic. Jaime Monzón, por casualidad llegó también Juan, quien al verme lo primero que me dijo fue: Ya tengo la canción que pediste y al instante, a capela la empezó a entonar. Efectivamente, hizo un recorrido virtual por El Volante, El Barrilito, El Piquete, Los Almendros, La Poblanita, La Parroquia, El Bunker y otras que no recuerdo. Tenía ritmo de bolero ranchero, agradable al oído.
Quedamos de vernos nuevamente para que la registrara en Derecho de Autor, pero…ese encuentro nunca se dio; ya que lamentablemente falleció y El Aguilita se llevó entre sus alas, la melodía.
“EL MACUS”
Tenía su Despacho por la calle 3ª. poniente casi esquina con la 4ª sur. El letrero de madera que colgaba frente a su oficina rezaba: Asuntos jurídicos, civiles y penales. Absoluta discreción.
Su matrimonio estaba integrado por él, su esposa, una hija y un hijo, ambos adolescentes. El vestía impecablemente con ropa almidonada, muy elegante, siempre de blanco, usaba sombrero y zapatos de doble color; a la usanza de los años finales de la década de los cincuenta.
Sin embargo, el personaje en cuestión no tenía título para ejercer la abogacía, es decir, era “Huizache”; término utilizado en el argot judicial para denostar a quienes se dedican a esta actividad sin tener la licencia correspondiente. Pero a fuer de ser sinceros, era famoso porque en repetidas ocasiones les ganó el juicio a los abogados titulados y por ello la gente que recurría a él en busca de sus servicios, lo hacía confiada en su experiencia.
Cuando en 1962 me fui al Distrito Federal a continuar mis estudios, le perdí su rastro y no supe más de este ilustre ciudadano, tampoco su nombre y apellidos.
Respecto a su apodo, puede que provenga de la planta comestible que en forma silvestre se da desde Centroamérica hasta Chiapas, llamada Macus, que su almidón es mejor que el de otros tubérculos como la papa, trigo y yuca.
JOAQUIN. “EL TAQUERO”
Pocos serán de nuestra época que no recuerden los famosísimos tacos dorados, que con harto repollo, queso y crema saboreábamos al salir de las salas cinematográficas: Lírico o Figueroa.
La orden de cinco costaba un peso, caros; si lo comparamos con el costo de la entrada era de uno cincuenta, al dos por uno. Lo hacían muy delgaditos, con muy poca papa y escasísimo pollo. Los apilaban, sin freír, en la parte superior del puesto en una vitrina y a ojo de buen cubero eran más de quinientas tortillitas cuidadosamente enrolladas. Pero valían la pena.
El puesto, expendio o negocio cuando lo conocí, estaba instalado en la 1ª calle poniente entre 2ª y 4ª norte, frente a la tienda La Sorpresa; ya que de manera equidistante se localizaban ambos cines.
Joaquín Rosas Lara o Joaquín Penagos Lara* se llamaba el señor que atendía, cobraba y con toda seguridad era el propietario. Le apoyaban dos señoritas que eran sus hijas; una freía y la otra se encargaba de aderezar el platillo. Por cierto, ambas eran de facciones bien acomodadas, es decir, bonitas; pero la mayor ganaba.
Al paso de los años, el Lírico desapareció y surgió el Cine Tapachula, más retirado de los dos mencionados, sin embargo, el puesto de tacos no se movió. Continuó en su querencia y donde todos conocíamos el lugar. Solito llegábamos con nuestro peso en la bolsa para invertirlo en los tacos. El vaso de horchata, complemento para “bajar” la taquiza, costaba veinte centavos. ¡Qué banquete!
Por el avance de la tecnología, actualmente las películas se ven cómodamente en la sala de la casa; lo que trajo como consecuencia que los cines desaparecieron todos, pero ¡No los tacos de Joaquín! Que ahora están ubicados en la 4ª avenida norte, frente al edificio del Kuo Min Tang. ¿Lo recuerdan?
Ya no lo atiende él, pero sí sus nietos quienes continúan con el mismo concepto: las tortillitas delgadas apiladas, poco pollo, poquísima papa, harto repollo y crema, todo sigue igual, respetando la tradición taquera.
*Datos proporcionados por el C.P. Francisco Rosas, sobrino del personaje.


