Última actualización el 18 de agosto de 2020

(Villaflores, Chiapas, México). Autora de la novela “Negra como la Noche”, de los libros infantiles: La Jirafa, de Mascotas y juegos electrónicos, La Playa un pizarrón gigante y El mundo que habita bajo la cama. De la colección Letras Andarinas. Promueve el Taller de Fomento a la Lectura y la escritura en instituciones educativas, culturales y en línea. Su página: https://www.facebook.com/letras.andarinas/
Sara veía con avidez las manos del hombre, no sabía dónde posarlos, tras los dedos veía deslizarse la sota, el caballo, el rey, las copas, el oro, las espadas, la reina y cuando por fin esas manos terminaron de colocar los tres montoncitos de cartas sobre la mesa, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Ante sus ojos tenía su destino, debía elegir de entre los tres cuál le daría esa verdad ansiada. Miró dubitativamente y eligió las cartas del lado izquierdo. Con impaciencia vio como esas manos revolvían las barajas y una a una las colocó sobre la mesa, formando un rectángulo con ellas.
Caminó un buen trecho lejos de la carretera para llegar, pasó por un arroyo perdido entre piedras y pasto seco, varias veces estuvo a punto de caer cuando sus pies se enredaban entre la maleza trenzada. Ahora, al estar ahí en esa casucha lúgubre, rodeada de santos, ve

las encendidas, trató de alejar la culpa que quería engullirla y hacerla correr lejos, sabía que pedir que le leyeran su destino estaba prohibido por la iglesia pero cansada de llorar al crucifijo de la pared, testigo mudo en esas noches de desvelo, de sus lágrimas absurdas y queriendo encontrar una respuesta clara y tangible, ahuyentó su antipatía y trataba de convencerse de que no podía ser tan malo al percatarse que había más personas esperando turno para que les interpretaran las cartas. Veía en derredor tratando de ocultar la ansiedad, observaba las telarañas descansando en los rincones, las moscas que merodeaban en la comida dejada a la intemperie. Sin querer, sus ojos se posaron en la caratula de un libro “La Sibila” trató de adivinar de qué se trataba, llamó su atención la mujer voluptuosa de la portada pero la actitud absorta y contemplativa del hombre la devolvieron de
esa distracción. Observó el bigote escuálido, los dientes manchados y percibió el olor a tabaco impregnado en esa ropa descuidada. Iba a seguir fisgoneando cuando la voz apacible del hombre la sobresaltó y contuvo la respiración
- Veo mucho oro, tendrás mucho dinero…aquí veo una mujer morena y sí…. anda con tu marido, pero es sólo sexo.
Al oír esto, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar para espantar el llanto que amenazaba con desbordarse.
- Sigo viendo mucho oro, eso significa mucho dinero, aquí ya no veo a tu esposo, ya no estarás con él porque aquí veo a un hombre blanco que será muy importante en tu vida.
El corazón le latió de prisa y extrañada abrió más los ojos y preguntó:
- ¿Qué significa eso del hombre blanco?

Tarot ilustrado por Amaia Arrazola - Qué será tu pareja, pero no puedo decir más.
El hombre siguió diciendo que gozaría de buena salud, tendría un buen trabajo pero Sara sólo veía el movimiento de esos labios sin hacer caso, inquieta ahora por la aparición en su destino del hombre blanco.
Salió de ahí con el ánimo confundido, quería llorar, aventar piedras al espejo, romper la vajilla, estrujar las fotos donde aparecían acaramelados testigo fiel del amor de antaño, pero extrañamente estaba fortalecida con la presencia de ese hombre qu
e se perfilaba en su futuro.
Esa noche, cuando su esposo Carlos llegó con la cara agria, los modales toscos, Sara observaba sus vueltas, la forma en cómo desganado se quitaba los zapatos, se dejaba caer en el sillón y aburrido tomaba el control de la televisión con esa manía absurda de cambiar canales sin reparar en ninguno. Lo veía sin el deseo de iniciar una pelea acostumbrada, esos reclamos airados de su llegada tarde, del dinero insuficiente para las necesidades del hogar, ese día quiso romper el círculo evitando pelear, gritar, optó por acostarse, encender su lamparita de noche y leer, cuando él se acostó, dándole la espalda y sin darle el beso que ella extrañaba. Sonriendo en silencio se dijo:
- ¡Estúpido, ni que fueras el único!, ¿no sabes, verdad? Pronto tendré a mi hombre blanco.


