Última actualización el 5 de julio de 2019
Bernardo Meneses Curling
El neurólogo gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Suárez (1970/76), fue un hombre adelantado en su disciplina profesional, así como en su desempeño político-gubernamental, y sin embargo conservador en su idiosincrasia: “coleto” tradicional que, según sus propias palabras, descendía “de uno de los primeros españoles que llegaron al Valle de Jovel”, quien “casó con mujer indígena” y, aseveró, «desde entonces, no ha vuelto a mezclarse una gota de sangre extranjera” en su familia.
Es prudente hacer notar que en esa misma época una de sus hermanas estaba casada con un alemán de apellido Bever, profesor reconocido en San Cristóbal Las Casas, aunque al parecer no tuvieron descendencia.
Hombre creyente, católico, a pesar de su condición de científico, Manuel Velasco Suárez tuvo la virtud de ejercer un gobierno laico, con respeto a los derechos humanos y a las diferentes creencias.
En una variación sobre el mismo tema de su idiosincrasia, comentó terminante que “la Revolución ya está hecha”, al leer a posteriori el discurso de uno de sus colaboradores que exponía, ante las malas condiciones de la población indígena, los principios establecidos, pero no vigentes, en la Constitución de 1917.
Otro botón de muestra: “¡Ella nos ha ofendido!”, dijo con acento y actitud graves, para rechazar el nombre de Rosario Castellanos cuando preguntó el Presidente Luis Echeverría, bajo el frondoso árbol de mango que en esos días se levantaba en el Parque Infantil de Tapachula, justo a la orilla de la banqueta de la 1ª Avenida Sur, por alguna mujer chiapaneca reconocida para darle su nombre al parque.
“¿Cuándo, cómo, por qué?”, “nos ha ofendido” la poeta y escritora y académica de reconocido prestigio internacional, se preguntó el cuestionado que, a solicitud de parte, la había propuesto.
Luego encontró la respuesta: Lo ofendían los libros en prosa de Rosario Castellanos que describen la marginación, la discriminación, la explotación con que la población originaria de Chiapas, los indígenas, había sido sometida desde la conquista española y aún en esos tiempos por los descendientes de los conquistadores, por los criollos, especialmente por los coletos de San Cristóbal Las Casas, la Ciudad Real del tiempo de la Colonia.
Pero la política a veces es ingrata aún con los políticos. Quiso el destino que Rosario Castellanos, la chiapaneca nacida por accidente en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, pero criada en Comitán, muriera inesperada, absurdamente, fulminada por la electricidad de su domicilio, siendo embajadora de México en Israel, el 7 de agosto de 1974. Su cadáver fue traído, honrado y sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres.
El presidente Luis Echevarría (1970/76) viajó a Comitán para rendirle homenaje en la tierra de sus ancestros. Y, cosas de la vida, encomendó al gobernador Manuel Velasco Suárez el honor de que, en la luctuosa ceremonia multitudinaria, dijera el discurso laudatorio a la noble mujer y gran creadora que fue Rosario Castellanos. Su obra poética ha sido aún más reconocida que la que creó en prosa.
Así ocurrió. El Parque Infantil de Tapachula no fue ennoblecido con el nombre, la imagen y la obra de Rosario. Pero el gobernador neurólogo, quien era un gran orador con capacidad de improvisación, que usaba con maestría en sus exposiciones los recursos persuasivos, conminatorios y los ritos propios de los maestros, los médicos y los sacerdotes experimentados y sabios, leyó un discurso apologético, que reconoció las grandes aportaciones, las cualidades y el amor a su pueblo de esta gran chiapaneca.
Sin embargo, el gobernador Velasco Suarez mantenía, como tal, una buena relación con los indígenas, en especial con los Tzotziles, cuyo carácter elogiaba. Estableció, con ayuda de la UNICEF y del Gobierno Federal, el Programa Socioeconómico de Los Altos de Chiapas.
Introdujo en el escarpado y empobrecido territorio indígena la construcción de terrazas para cultivos, de viviendas dignas, de escuelas y de servicios médicos, así como el programa de Caminos de Obra de Mano (de indígenas y campesinos), que resultaron muy bien construidos, empedrados, lo que los hacía atractivos a la vista y, además, muy superiores y más duraderos que los caminos de terracería. “Son obras que pueden ser milenarias, como la Vía Apia”, decía.
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